14 de enero de 2009

El Sauce Llorón

Capítulo 1

Era la luz del verano, el orgullo del bosque, el más hermoso sauce que jamás hubiese nadie contemplado. Ni hombres, ni hadas, ni elfos, enanos, duendes o animales, ninguna criatura había presenciado nunca una hermosura igual en un árbol joven como él. Y el sauce lo sabía. Se paseaba orgulloso entre los demás árboles, miraba por encima del hombro a los achaparrados matorrales, irguiéndose con orgullo con tal de lucir mejor sus esbeltas ramas cargadas de serenas y dulces hojas verdes; las agitaba con experta maestría, gustaba de mirarse en cuantas charcas, pozos o lagos encontraba, suspiraba, en fin, admirado de sí mismo. En verdad era un maravilloso sauce.
No tenía mal corazón, era joven y presumido, sólo eso. Charlaba animadamente con todas las criaturas, acompañaba alegremente a los viajeros del bosque, evitaba discretamente a los hombres y se afanaba por crecer cada año aún más alto y robusto que el anterior. El viento amigo solía regalarle la brisa más suave. ¡Oh! ¡Con qué placer sacudía entonces él su exuberante melena de tierno verdor! Su voz susurraba un canturreo alegre que aquella brisa plácida se complacía en arrastrar hasta la espesura.
Sólo una cosa enturbiaba la feliz existencia de nuestro joven sauce: la llegada del otoño, y tras él el inevitable frío del invierno, cuyo rigor desnudaba sin piedad sus fastuosas ramas. Le dejaba sumido en una acomplejada desnudez que atormentaba su espíritu durante los largos meses de frío intenso.
Por supuesto, no era el único árbol desnudo, pero a su juicio, perder la larga melena de verdes hojas era como un castigo cuyo objeto no alcanzaba a comprender. Se preguntaba por qué había de ser así, contemplaba la estela de hojas marchitas que dejaba tras de sí en sus cada vez más escasos paseos, hasta que al fin se resignaba a padecer en silencio tan espantoso suplicio. Se consolaba pensando que con la primavera regresaría el viento amigo, la alegría del bosque, y sus ramas volverían a brotar, pletóricas de vida.
En ese ansiado momento ponía todo su corazón.
Durante las oscuras noches invernales soñaba que el sol arrastraba las hojas muertas, derretía el espeso manto de nieve helada, alejaba el frío, calentaba de nuevo la tierra y la vida cobraba su tributo al bosque dormido.
Las lágrimas que invariablemente vertía en soledad cada vez que arribaba el crudo invierno, le valieron el nombre de Sauce Llorón. Los demás árboles, hayas, robles, acebos, avellanos… todos le observaban sin comprender aquella actitud tan deprimente; le veían encogerse sobre sí mismo, avergonzado, inclinarse peligrosamente sobre la helada superficie de los lagos para contemplarse, como si no soportara estar tan desnudo como los demás… Susurraban entre sí, le criticaban, opinaban unos y otros sobre el presumido Sauce Llorón.
Un invierno de tantos otros el joven árbol, harto de tan denigrante situación, decidió acabar con su penuria. Estimaba, porque la brisa del verano se lo había susurrado al oído, que había otros lugares donde el invierno no se atrevía a entrar, tierras lejanas donde siempre era verano, donde los árboles no se veían obligados a tiritar de frío, desnudos. ¿Y qué pasaría si él se atreviera a viajar, a abandonar el viejo bosque para recorrer mundo en busca de un lugar mejor? ¿Acaso no merecía un árbol joven y hermoso como él encontrar el paraíso?
No le costó mucho decidirse. Una noche tenebrosa, agitado por un viento del norte árido y cruel, se encontró caminando hacia el sur. A pesar de la violencia de la tempestad que se desató sobre el camino que seguía en medio de la más tenebrosa oscuridad, y a pesar de la lentitud con que se movía, pues estaba en plena hibernación y sus movimientos eran perezosos, cada paso que daba aumentaba su ansiedad por abandonar aquella tierra tan inhóspita. Susurró con determinación, apretadas sus largas ramas contra el tronco plateado; caminó y caminó a través de la ventisca, hasta que dejó el bosque muy atrás, desdibujadas las sombras oscuras de los otros árboles dormidos en una mancha borrosa.
El amanecer le encontró en medio de un camino poco transitado, cubierto de nieve, agotado y solo. Al despertar observó apesadumbrado que había dejado atrás cuanto conocía. ¿Qué le esperaba si continuaba adelante? El sur… La promesa de una vida mejor, del cálido sol eterno...
Suspiró hondamente.
Entonces vio, no lejos de donde se encontraba, una vieja camioneta. Se asustó, pues temía a los hombres con la sensatez de quien se sabe madera para un buen fuego. Sin embargo, a pesar de su natural miedo, la hilera de esbeltos abetos bien distribuidos en la trasera del vehículo le llamó tanto la atención que no fue capaz de moverse. Todos ellos eran árboles jóvenes, repletas sus fuertes ramas de púas verdes, abetos hermosos recolectados sin duda por alguna razón. El sauce observó que no estaban cortados, sino que habían sido cuidadosamente colocados en grandes recipientes, en cuya tierra se hundían sus raíces. No eran pues, madera para el fuego…
La curiosidad, junto a la certeza de que el dueño de la camioneta no andaba cerca, por el momento, provocó en él un inusitado arranque de valentía. No sin precaución se aproximó hasta estar lo suficientemente cerca del grupo de abetos, que sin prestarle atención susurraban alegremente entre sí. El sauce pudo escuchar una conversación como la que sigue:
– ¿Estarás de nuevo en casa de los elfos Aerendiä?
– ¡Oh, desde luego! No veo el momento de que me adornen con todas esas maravillosas lucecitas ¡Ah! Espumillones, estrellas, bolas doradas, rojas, ¡plateadas! ¿Existe mayor placer para un abeto como yo?
– Te veías hermoso el año pasado, sin duda. Los Aerendiä son generosos en cuanto a los adornos, y por suerte para ti no tienen gato. Yo no tuve tanta suerte. Puede que el año que viene no vuelva al vivero, sino que probablemente me planten en el bosque. ¿No es terrible?
– ¿En el bosque? –exclamó uno de ellos como si semejante posibilidad fuese peor que la muerte– ¡Oh! Válgame el cielo, ¡qué espanto! ¿Qué clase de criaturas harían algo así? ¡Somos abetos de invernadero! ¿Qué sabemos nosotros del bosque? ¡Todo nuestro afán es adornar en invierno!
El sauce no comprendía de qué hablaban, pero sí se daba cuenta de que la charla tenía que ver con la belleza, los adornos… y si de belleza se trataba, ¿quién mejor que él para intervenir en la conversación?
Carraspeó, al principio con timidez, pero al ver que los abetos se encontraban demasiado ensimismados como para prestarle atención, tosió con energía. El grupo de árboles se volvió hacia él al unísono, tendidas las ramas hacia atrás como muestra de asombro ante la osadía de aquel atrevido sauce del bosque, tan audaz como para interrumpirles. Le miraron de arriba abajo, y al percatarse de su desnudez, no pudieron por menos que soltar un bufido a modo de burla.
– ¿Qué es… un árbol del bosque? –preguntó uno conteniendo a duras penas la risa al verle tan desnudo y helado de frío.
– Sin duda, es un pobre árbol del bosque. ¡Desde luego no es un abeto! –se rió otro.
– ¡Soy un sauce! –exclamó el joven árbol muy enojado. Sentía vergüenza de sí mismo.
– Pues… No deberías entrometerte, ¡ésta es una charla de abetos! Vuelve al bosque y duerme, como deberías, ¿acaso no es eso lo que hacéis los árboles del bosque en invierno?
– No en mi caso. Yo viajo al sur –explicó el sauce con cierto orgullo por su arrojo. Era ciertamente audaz al viajar solo– Éste es mi último invierno.
– ¿El sur? ¿Qué es eso? Nosotros no sabemos nada del sur.
– El sur es… –el sauce dudó. Él tampoco sabía muy bien qué era– ¡Es un lugar! Allí, siempre hace sol, el aire es tibio como una caricia, los árboles jamás están desnudos.
– ¡Oh! Ya veo… Bueno, míranos a nosotros, nunca estamos desnudos aunque sea invierno, porque somos abetos. No necesitamos ir al sur. Es la ventaja de nacer en un invernadero… ¡o de ser abeto! –rectificó agitado– No sabría bien decir cuál de las dos es la razón…
– ¡Cállate! No tienes ni idea, si no estás desnudo es por ser un abeto, no por haber nacido en un invernadero.
– ¿Cómo has dicho? –inquirió el sauce al escuchar aquello. Un temblor recorrió la savia que corría por su tronco plateado.
– Este petimetre es un abeto, como todos los que estamos en esta camioneta. ¡sólo por eso no se queda desnudo!
– ¿Entonces qué pasa conmigo?
Aquel abeto, algo más mayor y experimentado que el resto, le observó con detenimiento.
– ¿Qué clase de árbol has dicho que eres?
– Un sauce.
– Uhm… No sé nada de sauces, pero sí que si acostumbras quedarte desnudo cuando llega el invierno, ése es tu sino. Eres un árbol de hojas caducas, y eso no hay quien lo cambie.
– ¿Qué insinúas? ¿Estoy condenado a quedarme así cada invierno?
– Hagas lo que hagas –sentenció el abeto muy serio.
– ¿Aunque vaya al sur? –lloriqueó el sauce.
– Me temo que ir al sur no te evitará perder tus hojas. Ni el sol, ni el calor, nada impedirá que las pierdas por el camino y vuelvan a brotar en primavera. ¡Es la vida! Es más… un árbol como tú no sobreviviría en un clima así. ¡Morirías!
– Pero eso… eso… –el sauce no pudo evitar verter algunas lágrimas, por algo le llamaban el Sauce Llorón. Jamás se le hubiese ocurrido algo así. Era una noticia horrible. No podía aceptarla, de ningún modo.
– Bueno, no te preocupes, ¡a lo mejor nosotros podríamos ayudarte! –soltó de pronto un abeto jovencísimo. El abeto más adulto le propinó un ramazo– ¿¡Qué!? –se quejó frotándose con sus puntiagudas púas– Sólo quería ayudar… ¡Fíjate! El pobre está sufriendo, no soporto ver sufrir a un amigo.
– Pero es un sauce, no es uno de los nuestros.
– Es un árbol, ¿no?
– Sí, y no. Además, viene del bosque, no me fío.
– ¿Y cómo pensabas ayudarle? –preguntó otro abeto con curiosidad.
– ¡Oh! Se me ocurre que, si tanto le importa estar guapo, quizás podría colarse entre nosotros para que le coloquen en alguna casa y adornen sus desnudas ramas…
– Pero ¿no ves que es absurdo eso que dices? –exclamaron algunos abetos enojados– ¡Es diferente! ¡Salta a la vista! Si le descubren en la camioneta lo expulsarán, o peor, ¡lo cortarán, o lo arrojarán al fuego!
– ¡Le esconderemos entre nosotros! –improvisó el joven abeto con una amplia sonrisa– ¡No le verán! Y se sentirá tan bien con todas esas guirnaldas…
– Si no le ven, amigo… –observó otro abeto– ¿Cómo van a colocarle en alguna casa?
– Haremos ver que es otro abeto más, ¡nadie se dará cuenta!
– Eh, amigos, dejadlo… –dijo el sauce entre sollozos desconsolados– No quiero causaros problemas…
– ¡Pero tú quieres lucir guapo! ¿No? –insistió el abeto abriendo mucho los ojos.
– ¡Soy hermoso! –saltó el sauce muy ofendido– Sólo que ahora no podéis verme como realmente soy… Si me hubieseis conocido en primavera… Todo el bosque me admira, todos sin excepción me conocen por ser el sauce más bello que jamás haya existido…
– En tal caso no sé de qué te avergüenzas. Deberías estar orgulloso.
– En primavera así es, pero ahora… Miradme, vosotros mismos os habéis reído al verme.
– Cierto. Uhm…
– Subámoslo a la camioneta y veamos qué pasa –sugirió el joven abeto, que simpatizaba enormemente con la causa del desgraciado sauce–. No pierde nada, y quizás pueda pasar el invierno en alguna casa, calentito y cargado de flamantes guirnaldas. Además, el enano Mordekûa está medio ciego, no distingue un palo de escoba de un árbol. ¡Seguro que cogerá el sauce y lo entregará como si de una abeto se tratase!
– Puede que así sea, el señor Mordekûa no ve tres en un burro, pero ninguna familia de enanos, elfos, hombres o duendes… aceptará un árbol desnudo para adornar su casa.
– Quién sabe, pongámosle el cartel de gratis, quizás alguna familia humilde acepte quedárselo, y en cualquier caso pasará bien el invierno y no le faltarán los adornos.
– Uhm…
Los abetos empezaron a susurrar entre sí, dejando a un lado al perplejo sauce, quien veía cómo su viaje al sur se esfumaba por completo. No estaba muy conforme con la idea de pasar una temporada en casa de una familia de criaturas extrañas, ni siquiera en la de unos elfos, tan amantes de los árboles. Temía que, sin sus hojas, le confundiesen con un tronco muerto y acabaran por hacerle pedazos y arrojarle a la chimenea. Pero ¿de qué le servía ir al sur si no iba a recuperar sus hojas? ¿Y si se moría realmente?
– Está bien –concluyó la deliberación–. Sube con nosotros y veamos qué tal se resuelve todo.
– ¡Ya vuelve Mordekûa!
Rápidamente obligaron a subir al sauce a la parte trasera del viejo vehículo. La figura renqueante de un enano de escasa altura y espalda encorvada apareció en el recodo del camino, acompañado de un gran mastín blanco de estrepitoso jadeo. Los abetos, al verle llegar, le colocaron a su nuevo amigo el mencionado cartel de “gratis” entre las ramas y encubrieron su presencia colocándose delante de él. El mastín subió de un salto y se tumbó pesadamente entre los abetos, indiferente a la presencia del aturdido sauce, que no sabía en qué iba a parar todo aquello. Por su parte, Mordekûa subió a la camioneta y arrancó el motor. Estaba acostumbrado a trabajar sin pausa, por lo que no reparó en aquel esbelto sauce de ramas plateadas, que sin embargo destacaba entre los abetos como una linterna en la noche. Su deficiente vista le impedía en cualquier caso darse cuenta de muchas cosas.

Capítulo 2

El trayecto hasta el pueblo fue breve y agitado. La destartalada camioneta renqueaba, tosía bocanadas de humo que asfixiaban el frío aire matutino, saltaba en cada bache como si fuese a desmantelarse. Para el sauce aquél era un viaje extraño, no exento de peligro. Ya no iba al sur, según había planeado cuando saliera del bosque decidido a cambiar su destino, ahora se veía arrastrado por las circunstancias, por el azar… No sabía qué iba a ocurrir.
Desde su discreto rincón en la trasera del vehículo aún distinguía a lo lejos la sombra del bosque, todavía sumido en el sueño nocturno. ¿Le echarían de menos cuando descubrieran que se había ido? ¿Se darían cuenta siquiera de que ya no estaba?
– No tengas miedo –le susurró el joven abeto como si adivinara su malestar–. ¡Verás como tu vida va a cambiar! No volverás a padecer por tu aspecto.
Pero el sauce había oído decir, desde que sólo era un brote asomado entre la turba del bosque, que los cambios son impredecibles; los más ancianos robles aseguraban que ansiar el cambio puede acarrear funestas consecuencias para un árbol, pues los árboles son seres más bien conservadores, de pacífica existencia, nada propensos a la aventura, el arrojo o la valentía. Un árbol, según ellos, debía dejar pasar la vida a su alrededor, contemplarla desde su privilegiada posición, bien arraigado, perenne en su existencia; los cambios ocurren alrededor del árbol, éste no va a buscarlos. ¿Qué podía acontecer entonces? El sauce reprimió la ansiedad que pugnaba por dominar sus sentidos. La savia corría revolucionada por su interior, sentía su hormigueo hasta la punta de sus ramas más pequeñas. Tenía miedo.
De pronto la camioneta se detuvo. Mordekûa paró el motor y se apeó torpemente. Estaban aparcados frente a un vivero descuidado, repleto de abetos hacinados unos contra otros, con las ramas bien atadas con cuerdas. Un cartel enorme lucía sobre ellos, anunciando la venta de árboles de Navidad a precio de saldo.
– ¿Qué es este lugar?
– ¡Es tu billete a una existencia regalada! Con suerte te comprará alguna buena familia de elfos que te cargará de hermosísimos adornos todo el invierno.

Capítulo 3

Sara se acurrucó muy mustia en el asiento del agonizante coche de su padre. Escuchó, con los dientes apretados por el enfado, los pasos de él mientras se acercaba para abrir la puerta del conductor. Le miró de reojo, deseando que un rayo le fulminara. Le odiaba.
Vio cómo arrancaba con aquellas manazas egoístas incapaces de una caricia. Una lágrima corrió traicionera por su mejilla.
– ¡Vamos a por el puto árbol! –exclamó él entre dientes– ¡Celebraremos la llegada del invierno, por mis cojones! –¿por qué siempre hablaba así? Gritaba, sus palabras eran agrias, despóticas, vociferaba, soltaba tacos, improperios… Jamás una palabra amable, ni para ella ni para su madre– Si os creéis que me vais a amargar la vida vais listas…
Sara no quería celebrar nada. Sabía, por experiencia, que comprar el árbol sólo significaba tener que fingir ante aquél hombre amargado para que no enfureciera. Tendría que adornarlo como si le importara algo, colgar los espumillones junto a su madre, verla llorar furtivamente, temblorosa de temor por no cometer un error; tendría que ver sus sollozos contenidos… y fingir que no pasaba nada. ¿Por qué?
– Sara, ¡sonríe, joder! –le propinó un leve manotazo en la coronilla– ¡Es el invierno! No vamos a dejar que tu madre nos lo arruine, ¿verdad? ¿Ya estás cambiando esa cara! ¡Quiero una sonrisa!
Romek arrancó el coche y salió hacia el vivero del pueblo, situado a dos kilómetros, en las afueras. Sara no podía sonreír. Hizo un amago esforzado, pero simplemente no podía. La marea de resentimiento que ahogaba su alma se lo impedía. Volvió el rostro hacia la ventanilla para que su padre no se diera cuenta. Rezó para que el tiempo que tardaran en comprar el dichoso árbol pasara lo antes posible, para poder volver a casa y esconderse… sin haber levantado el mal genio de su padre. ¿Cómo evitarlo? ¿Qué podía ella hacer para que no se enfureciera?
– Tu madre es una amargada… –alargó la mano hacia la parte de atrás y buscó su tabaco, manoseando con dificultad en el bolsillo de su chaqueta de pana para cogerlo– Sólo sabe lloriquear, me tiene harto, ¡joder!
Dio un golpe en el volante que encogió el corazón de su hija de diez años. Luego sacó un pitillo de una cajita medio vacía y lo encendió, sin molestarse en bajar la ventanilla para no intoxicar a su hija. El humo pronto inundó el pequeño habitáculo. Sara se hundió aún más en su asiento, muda de espanto.
– Más te vale no parecerte a ella, Sara, o acabarás mal. ¿Me oyes? –la observó de reojo, escupiendo humo al hablar– ¿A qué viene esa cara? No irás a llorar…
Sara no quería, pero las lágrimas brotaron repentinamente.
– Joder… ¡No irás a llorar todo el camino! ¿Para eso voy a molestarme en comprar el puto árbol? ¿Para que entre las dos me amarguéis las vacaciones? ¡Ya estás cambiando la jeta o te dejo fuera de casa para que pases la noche con las ratas! ¡¡Sara!!
La pequeña trató de sonreír. El miedo que sentía era superior a cualquier otra cosa. Una mueca torcida curvó sus labios.
Afortunadamente su padre pareció conformarse… por el momento.
El resto del camino lo hicieron en incómodo silencio. Sara trataba de contener el incesante batir de los latidos de su corazón, segura de que su padre podía escucharlos perfectamente. Golpeaban en su pecho con poderosa fuerza, retumbaban en sus oídos, era como si su corazón quisiera salir de su cuerpo.
El vivero apareció entonces delante de ellos, con su habitual letrero anunciando los bajos precios de los abetos. Era un lugar muy abandonado, debido sobre todo a la ceguera de su dueño, el señor Mordekûa. A este achaque de la edad había que añadir que cada año se veía obligado a vender sus árboles más y más baratos, para poder competir con las atractivas ofertas de los grandes comerciantes del lejano Norte. Todo ello redundaba en una cada vez más precaria situación económica, que a su vez obligaba al enano Mordekûa a prescindir de ayuda alguna, ayuda que necesitaba imperiosamente.
Por eso la entrada estaba embarrada, los árboles habían sido amontonados al descuido, unos sobre otros, algunos se estaban secando y no había apenas clientes. El negocio de Mordekûa decaía invierno tras invierno. De seguir las cosas así pronto tendría que cerrar.
Romek detuvo el coche a la entrada y salió dando un portazo. Arrojó el pitillo a medias en el barro y lo pisoteó con saña con la punta de su bota.
– ¡Baja ya , Sara! Tú escogerás el árbol…
Sara se apeó del vehículo despacio. Si no obedecía a su padre, si no fingía un poco de entusiasmo, se llevaría una reprimenda, o peor, su padre lo pagaría con su madre cuando estuvieran de vuelta en casa.
– ¡¡Mordekûa!! ¡Eh! ¡Viejo enano del demonio! Sordo además de cegato… Joder…
– Ya voy, ya voy… –el anciano salió de su oficina cojeando, con su larga barba gris arrastrando por el suelo. Entrecerró los ojos para ver quién le llamaba, pero no veía más que confusas formas borrosas. Se encogió de hombros, acostumbrado a que la vista le jugara aquellas malas pasadas– ¿Quién eres?
– Joder Mordekûa, ya no ves una mierda ¿no? ¡Soy Romek! –empujó a Sara hacia él– ¡Enséñale a mi hija los abetos para que pueda comprar uno y largarme a casa a cenar!
– Oh! ¿Ésta es tu hija? ¡Cuánto ha crecido! –repuso Mordekûa acariciando con una sonrisa la rubia cabecita de la atemorizada niña– Ven, vamos a escoger uno. El que tú quieras.
La cogió de la mano y la acompañó hacia el patio, donde un sinfín de abetos aguardaba impaciente a ser trasladado aquel invierno. Sin embargo, se había corrido la voz entre los árboles de que era el señor Romek quien iba a comprar. De inmediato el terror se había desatado entre ellos, pues el año anterior, en un arranque de rabia, aquel hombre desalmado había arrojado al fuego al infeliz abeto que había comprado allí mismo. ¡Ninguno quería ser el elegido por un hombre tan horrible!
– ¡Daos prisa! –aulló Romek de mal talante.
Al aproximarse Mordekûa al patio, con la pequeña Sara de la mano, hubo un estremecimiento generalizado. El aire pareció aquietarse, incluso el viento del norte dejó de soplar, atento a los acontecimientos. Sara miró los árboles con lástima. Recordaba muy bien el triste fin del abeto del año anterior, y no deseaba que se repitiera la historia… pero no podía negarse a escoger uno.
– Vamos Sara… –susurró el amable Mordekûa a su lado– ¿Cuál te gusta? Te haré una rebaja sobre la rebaja, para que sonrías…
– No hace falta, señor Mordekûa…
– Oh, bueno, ya veremos, tú ve escogiendo alguno, yo voy a buscar la carretilla.
La niña miró los abetos sin saber cuál elegir. Estaba seguro de que al señalar uno, estaría sentenciando su destino. Y eran tan hermosos… Miró sus verdes ramas, cargadas de púas esponjosas, aspiró el olor que desprendían… No quería hacerlo.
– ¡Sara! No lo cojas demasiado grande, que no nos cabrá en el coche! ¡Y date prisa, no quiero tener que ir yo a escogerlo! ¿Me oyes?
La niña dudó. Paseó la vista entre los asustados abetos, sin percibir el terror que desataba en ellos.
– A mí no… A mí no… –rezaban la mayoría tratando de pasar inadvertidos.
Pero Sara tenía que escoger.
Entonces, entre el verdor apiñado en torno al patio, vio un árbol diferente. Su tronco plateado brillaba en la mañana, sus ramas colgaban desnudas, pero era hermoso a sus ojos, diferente… y parecía estar muerto, a juzgar por su falta de hojas. Sus raíces estaban al aire, yacía medio tumbado entre un grupo de abetos jóvenes. Era el sauce, que aún no comprendía el por qué del temor de sus nuevos amigos. Para él aquella niña no parecía una amenaza. Era el único que no tenía miedo.
– Puede que a papá no le guste, pero si le da por echarlo al fuego no importará tanto, porque está seco.
El señor Mordekûa apareció empujando su carretilla. Su enorme mastín blanco le acompañaba, la larga lengua colgando bajo los belfos babeantes.
– ¿Ya has elegido uno, Sara?
– Sí, ése de ahí…
– ¿Cuál?
Sara se acercó al sauce y puso su mano sobre el tronco gris plata, segura de su elección. Mordekûa, con su vista miope, ni siquiera se percató de que aquél no era un abeto. Lo cierto era que no hubiese sido capaz de distinguir un árbol de una farola. Así, muy satisfecho de sí mismo por haber vendido algo, se acercó al sauce y empezó a cargarlo en la carretilla.
– Lo siento… –susurró el joven abeto de quien había partido la idea de llevar al sauce al vivero. Estaba horrorizado por cuanto estaba sucediendo– Oh, lo siento…
El sauce sintió algo de vértigo en aquel instante, aunque no entendía por qué lo sentía, ni el significado de las palabras del abeto, ni su expresión de espanto. Se dejó cargar, satisfecho en parte porque aquel invierno iba a experimentar cosas nuevas. Imaginó cómo sería estar adornado con guirnaldas y espumillones, lejos del frío, de la oscuridad... La imagen de sí mismo bien adornado, luciendo todo su esplendor sin estar desnudo, borró de su ánimo el temor inconsciente que amenazaba con amedrentar su primer viaje a una casa, aunque fuese humana.
Desde la carretilla echó un tímido vistazo alrededor. Los abetos contenían el aliento, mudos de horror. Aquí y allá sólo vio caras de pesar, gestos de lástima, ojos de demudada consternación. Algunos incluso apartaron la vista.
– Oh, qué hemos hecho…
Mordekûa anudó una férrea soga alrededor del sauce, apretando bien sus frágiles ramas en torno al tronco a fin de facilitar su transporte. Luego lo llevó hacia la entrada, donde Romek aguardaba fumándose otro pitillo. Sara caminaba detrás de Mordekûa, temerosa de la reacción de su padre cuando viese el árbol que había escogido.
– Pero, ¿qué es eso? –inquirió en efecto en cuanto puso sus ojos sobre el sauce– ¿Qué carajo es ese pedazo de madera muerta? ¡Sara…
– Quiero ese árbol, papá, por favor –se atrevió a rogar Sara.
– ¿Ocurre algo con el abeto, señor Romek? –Mordekûa dejó el sauce en la carretilla, a la espera de lo que decidiera hacer el padre de la pequeña– Si no le gusta siempre puede coger otro, tengo muchos todavía...
– ¿Abeto? ¡Eso no es un puto abeto! ¿Pretendes tomarme el pelo, hijo de…?
– Bueno, bueno, no hace falta exaltarse…
– Papá, compra éste por favor… –suplicó Sara avergonzada por el comportamiento grosero y despectivo de su padre. En un arranque de coraje se acercó hasta él y le abrazó.
– Y ¿por qué carajo quieres este palo pelado? ¡No pagaré por un árbol muerto! –arrojó el pitillo sobre la nieve y lo pisó iracundo.
– Yo lo adornaré, te gustará, ya verás…
– ¿Pelado? ¿Qué ocurre, no tiene buen aspecto? Sara, niña, dime ¿es que está en mal estado? No veo bien…
– Ocurre que no es un abeto, es un árbol muerto, ¡viejo! –gruñó Romek. Apartó a Sara de su lado de un violento empujón– Debería buscar ayuda, viejo topo…
–Oh, vaya, ¡cuánto lo siento… –susurró temeroso Mordekûa. Conocía bien a Romek, su temperamento avinagrado– Puede coger otro, el que quiera…
– ¿Has intentado engañar a mi hija? Mordekûa, no quieras tomarme el pelo… –siseó amenazante. El mastín de Mordekûa soltó un bufido, alerta ante la actitud agresiva del hombre.
– No, no… ya le digo, llévese el que quiera, se lo dejo a mitad de precio…
– ¡Eres un enano estafador! ¿Por qué no te retiras ya, pedazo de inútil? ¿Te crees que los hombres somos tan estúpidos? ¿Por qué no somos elfos del bosque? –dijo con retintín despectivo– Te lo advierto, un día de estos vendré y pegaré fuego a tu asqueroso vivero…
– Pero señor, no hay motivo para…
– ¡¡Cállate!!
– Papá…
– ¡¡Sara!! Sube al coche o te la vas a cargar…
– Calma, calma… –rogó Mordekûa en tono conciliador– Verá, señor Romek, para compensarle, se lo dejo gratis. Lléveselo, o escoja cualquier otro abeto, se lo regalo… y que tenga felices fiestas, ¿le parece?
Mordekûa le observó entrecerrados los ojos.
– ¡Es lo justo…
Arrancó el sorprendido sauce de la carretilla y lo cargó en la parte de atrás del coche sin miramientos. Después de todo, tanto le daba llevarse aquella rama sin hojas que una escoba. Sara y Mirabel lo adornarían, y eso las mantendría entretenidas durante un buen rato. Era todo lo que necesitaba, que le dejaran en paz.
– Sube al coche, ¡Sara! No volveré a repetirlo…
La pequeña se coló dentro sin protestar, satisfecha en parte de haber logrado llevarse a casa un árbol muerto, en vez de un pobre abeto vivo. Recordaba con gran dolor el triste fin del último abeto que había adornado su casa el año anterior. Ramiro subió al coche y arrancó bruscamente.
– Cuando lleguemos a casa me explicarás a qué ha venido todo esto, Sara… ve pensando qué decir porque hoy ya no tengo paciencia contigo.
Sara calló. No se atrevía ni a parpadear.
En la parte de atrás del coche, tendido entre papeles, latas y algunas cajas llenas de humedad, el sauce no daba crédito a lo que estaba viviendo. Empezaba a comprender las últimas palabras del joven abeto cuando afirmaba que lo sentía… ¿A qué clase de familia había ido a parar? ¡Aquel hombre era un ser odioso! El joven sauce temblaba, sacudido por la certeza de que había cometido un error. Había abandonado su adorado plan de viajar al sur, la tierra del sol, del eterno verano, engañado por las palabras de un abeto inexperto al que no conocía… Había dejado atrás su hogar… Estaba cada vez más convencido de que iba a lamentar el error.

Capítulo 4

Su primera noche en la casa de aquella familia de humanos fue la más larga de su corta vida. Aquél no era un verdadero hogar, no se celebraba nada, no había felicidad. El Invierno desde luego, no era bienvenido allí, y si lo había sido tenía que haber durado un suspiro, a juzgar por la enorme desdicha que acongojaba a la esposa de Romek, Mirabel, y su pequeña hija, Sara.
El sauce, que jamás había oído de crueldad tan grande, fue colocado de mala manera en un gran tiesto con tierra, enterradas sus raíces en él, y arrastrado hasta una ventana, para que le diera la escasa luz que entraba por ella. Por supuesto le quitaron la cuerda que sujetaba dolorosamente sus delicadas ramas. Después todo fue de mal en peor. En vez de canciones había amargos silencios, en vez de risa, llanto, en vez de alegría, reproche, rencor, rabia, dolor…
Mirabel rondaba por la casa como un fantasma; casi todo el tiempo temerosa de que regresara su marido, pendiente de cada gesto suyo, de si estaba enfadado, cuidadosa en extremo para no cometer algún error que soliviantara su mal genio y sus reproches, insegura de dar un traspiés que lo estropeara todo, como ocurría siempre... porque su vida era una suma de faltas, de equivocaciones; porque para Romek todo estaba mal hecho, o había decidido hacerlo en el momento más inoportuno, o no hacía las cosas... No había forma de acertar con él.
Ante los asustados ojos del sauce se desarrollaban cada día escenas tristes que dañaban su espíritu. Ansiaba abandonar aquella casa, alejarse y emprender de nuevo su viaje hacia el sur... aunque si era cierto lo que había oído, podía morir por ese sueño…
En cualquier caso tenía las raíces aprisionadas en aquel tiesto… y estaba Sara. La dulce y soñadora Sara.
Por alguna razón se sentía inclinado a quedarse. Por ella. Cada noche la pequeña se sentaba bajo sus ramas, aún desnudas, rodeaba sus flacas rodillas con los brazos y enterraba el rostro en el hueco que quedaba. Como si esperara algo nuevo… Parecía aguardar un milagro.
– ¿A qué esperas para largarte?
Aquella vocecilla sacudió su tronco una madrugada, cuando la casa dormía en silencio tras una amarga discusión entre Romek y Mirabel, durante la cena. Él, borracho y malencarado, había vilipendiado a su mujer rebajándola hasta hundir su autoestima bajo la suela de sus botas. El motivo: no le había gustado el modo en que ella había estado preparando la cena toda la tarde con gran esmero…
El sauce se desperezó, atento, por si volvía a oír la voz.
– ¡Déjale! –aquella era otra voz distinta a la que había escuchado en primer lugar– ¿No ves que no se atreve ni a respirar? Romek le tiene abotargado, y no me extraña… De todos modos los sauces nunca han sido muy valientes, que se sepa.
– ¿Quién habla? –susurró el sauce escudriñando alrededor, entre las sombras.
– Aquí, ¡árbol tonto! En tus ramas más altas…
Entonces el sauce percibió, sentados en una de sus ramas, a dos duendecillos traviesos de ojos pícaros.
– No irás a quedarte aquí, ¿verdad? –dijo uno. Eran tan pequeños como una alubia, por eso no los había notado.
– ¿Qué otra cosa puedo hacer? Mirad mis raíces, están demasiado prietas en este tiesto… Apenas puedo moverlas…
– Ni siquiera lo has intentado, eres un cobarde, y aún te diré otra cosa, si te quedas, acabarás en la chimenea, ¿verdad Rimbudëth? –preguntó el más avispado de los dos, cuya larga barba rizada lucía roja como el sol cobrizo del atardecer.
– ¡Cierto, Kobalim! Como el pobre abeto del año pasado… Y ése sí era un árbol decidido, ¡casi lo consiguió!
– No soy cobarde, ¡pero no puedo moverme! –el sauce agitó inútilmente sus raíces bajo la tierra. Estaba tan apelmazada que apenas las sentía.
– Si quieres irte, nosotros podríamos ayudarte –propuso Rimbudëth con energía– Socavaremos la tierra alrededor de tus raíces para que puedas salir de tu encierro y regresar al bosque, de donde por cierto, ¡jamás debiste salir!
– Sí, ¿por qué has dejado el bosque? ¿No sabes que los hombres son peligrosos? ¿Y cómo un sauce como tú ha acabado haciendo el papel de abeto?
– Bueno, fue una confusión… –el sauce estaba avergonzado– Un amigo me aconsejó hacerme pasar por abeto…
– No comprendo –dijo Kobalim– Qué tontería…
– No comprendo –dijo Rimbudëth– Qué estupidez tan estúpida…
– En realidad yo me dirigía al sur, donde siempre luce el sol, donde la primavera es eterna y los árboles nunca están desnudos… me lo dijo el viento de verano, ¿sabéis? –explicó el sauce– Había emprendido la marcha cuando me topé con un grupo de abetos, y entonces uno de ellos me dijo que si pasaba el invierno en casa de los elfos, luciría mucho más hermoso de lo que jamás haya soñado…
– ¿Más hermoso, dices?
– ¿Más hermoso… –los duendecillos no comprendían nada. Para ellos la apariencia carecía de importancia, lo cual resultaba evidente, a juzgar por su aspecto descuidado– ¿Así que se trata de estar más guapo?
– Se trata de que no soporto estar desnudo todo el invierno.
Los duendecillos estallaron en sonoras carcajadas. Se reían tanto, y tan alto, que el sauce empezó a temer que despertaran a Romek.
– Schhhhhhh… ¡Despertaréis a toda la casa! ¿Qué os hace tanta gracia?
– ¡Qué cosa tan tonta! –exclamó Rimbudëth– ¿Qué más da estar desnudo? ¡Es natural en un árbol como tú! En invierno debes hibernar, las hojas se te caen, como a todos los demás… ¡y en primavera vuelven a brotar! Ésa es una sensación que los presuntuosos árboles del sur jamás experimentarán, ¿no te das cuenta de que eres un privilegiado?
– ¿Privilegiado? Vosotros no sabéis lo que es para mí perder mi hermosa mata de hojas, una por una, ver cómo se desprenden y marchitan, cómo mis largas y bellas ramas se quedan desnudas, privadas de su belleza… ¿Por qué he de sufrir así? En el bosque todos me admiran, soy el más hermoso sauce que jamás haya crecido en ninguna parte… ¡salvo en invierno!
– Eres un presumido… ya veo.
– Y además no has conseguido tu objetivo, a lo que veo. Tus ramas siguen tan desnudas como antes, y encima estás atrapado.
– Espero a que me adornen. Cuando cuelguen de mis ramas guirnaldas, espumillones, bolas nacaradas, oro, rojo bermellón, estrellas…
– Pero… –le interrumpió Kobalim– ¿¿¿No te das cuenta de que eso no sucederá en esta casa??? Con los elfos, sí, tal vez… incluso en el hogar de un enano, pero aquí…
– ¡Romek no lo permitirá! ¡Nunca lo hace! ¡Compra el árbol para celebrar la llegada del invierno, pero luego nunca la celebra, y siempre acaba quemando el árbol! Ese hombre, es un monstruo, y su corazón es una nuez petrificada… ¡Si te quedas –concluyó Rimbudëth con determinación–, te cortará en pedacitos, y alimentará el fuego con ellos!
– ¡Oh, oh… –el sauce se echó a llorar, amedrentado por las palabras de los duendes, quienes sin embargo no deseaban hacerle mal alguno, sino todo lo contrario. Pues los duendes aman los árboles por encima de todo.
– No se hable más, cavaremos en el tiesto, y mañana podrás huir.
– Y regresar al bosque, que es tu hogar –afirmó Kobalim muy serio–. Porque en el sur, amigo mío, te secarás como una cerilla, y no dejarán de caerse tus hojas. Enfermarás y morirás. Eres un sauce –continuó suavizando el tono–, y tu sitio está aquí, en tu bosque. Ese viento del sur es un pomposo embaucador, no debes escucharle.
– Un abeto me dijo lo mismo… –sollozó el sauce– Que soy un árbol de hoja caduca, y que mi destino es estar desnudo cada invierno…
– ¡Pues era un sabio abeto!
– ¿Entonces jamás dejaré de estar desnudo en invierno?
– Schhhh… –saltó Kobalim de repente– Alguien viene… Escondámonos, Rimbudëth, no vayan a descubrirnos…
Los dos duendes desaparecieron como por arte de magia, dejando al compungido sauce a solas en aquella tenebrosa sala oscura.
En efecto, unos pasos quedos sonaron en el pasillo. Al poco, la figura frágil de la pequeña Sara apareció en el umbral de la entrada. Parecía triste y abandonada. Suspiró entrecortadamente, como si la pena que sentía en el corazón ahogase sus pulmones. La niña entró, ignorante de la atenta mirada del sauce, que no perdía detalle de sus movimientos. Tal y como solía hacer a veces, se sentó bajo sus largas ramas colgantes, cuya distribución hacía que semejaran un paraguas protector. Allí se sentía protegida. Sara suspiró de nuevo, esta vez más profundamente, y al hacerlo, el sauce suspiró a su vez, aún lloroso por su destino.
– ¿Quién hay? –Sara levantó la rubia cabeza, con los ojos muy abiertos. Sorprendentemente había escuchado el suspiro del sauce, quien al percatarse de tan peculiar acontecimiento, contuvo el aliento algo aturdido– ¿Quién ha suspirado… –susurró en voz tan baja que apenas pudo oírla– No tengas miedo...
Sara se puso a cuatro patas y empezó a rebuscar en torno al tronco plateado. No sabía que era el árbol quien había suspirado, e ignoraba que le hacía cosquillas al apoyarse en él. El sauce luchaba con todas sus fuerzas por no echarse a reír.
– Vaya… –se rindió al fin la pequeña. Se la veía muy desanimada, porque estaba segura de haber sentido suspirar a alguien muy cerca.
Entonces un aire resuelto iluminó su rostro. Sara extrajo de debajo de su camisón una pequeña pala de jardinero, miró a un lado y a otro de la sala, escuchó atentamente por si su padre se levantaba, y sólo entonces, cuando estuvo segura de estar sola, empezó a cavar en torno a las raíces del sauce.
– ¿Qué hace… –susurró Kobalim desde su escondrijo en un recoveco de la pared, bajo la ventana.
– Está cavando, ¿no lo ves? –repuso Rimbudëth propinándole un codazo.
– Sí… pero ¿por qué? A lo mejor quiere llevarse el sauce…?
– ¿Por qué no hablas más alto? Te va a oír… –gruñó Rimbudëth– Schhhhhhh…
Sara le oyó, desde luego. Y de inmediato detuvo su afanosa tarea. Había liberado la mayor parte de las raíces del árbol, quien sentía ya que la savia circulaba con mayor libertad por todo su tronco. Podía incluso moverse, cosa que le llenaba de una alegría inconmensurable. Ignoraba el motivo que impulsaba a aquella adorable niña a liberarle de la tierra, pero tampoco le importaba demasiado. Lo único importante era que pronto sería libre para escapar de la casa, de Romek… de su destino: el fuego.
– Ya está bien… –susurró Sara, eso sí, sin levantar en exceso la voz, para no interrumpir el ligero sueño de su padre– ¡Os he oído! Primero habéis suspirado, y ahora estáis hablando… ¿Dónde estáis? Salid, para que pueda veros…
Los duendecillos desde luego no obedecieron. Tenían como norma sagrada no presentarse jamás ante los hombres, fueren cuales fuesen las circunstancias. El sauce en cambio, no tenía ninguna norma al respecto. Durante su breve estancia en la casa había desarrollado un inusitado afecto por la chiquilla, estaba convencido de que ella intentaba liberarle. Por eso estaba agradecido.
– Yo he suspirado, pero prometo que no he abierto la boca… –soltó al fin, agitando levemente sus ramas más bajas para sacudirse la tierra que ella le había echado encima al cavar.
– ¿Qué…
Sara se cayó de culo. Miró hacia arriba, sin acabar de comprender que había sido el árbol quien había hablado. El sauce, alborotado, sacudió de nuevo las ramas y se inclinó hacia ella muy suavemente. Sólo en ese instante, cuando le tuvo tan cerca que rozaba su tronco con la nariz, Sara vio sus ojos, notó su aliento con olor a resina, y en consecuencia, dedujo que era un árbol parlanchín. Jamás había visto nada parecido, por eso no supo reaccionar, actitud de cualquier modo muy natural entre los hombres.
– No debes tenerme miedo, no voy a hacerte daño…
Sara tragó saliva, algo asustada. Al principio le observó con desconfianza, pero al poco se dio cuenta de que la expresión de aquel árbol era absolutamente benévola, y al fin resolvió que aun cuando estuviese soñando, merecía la pena arriesgarse. Se dejó llevar por la magia del momento, encantada de que algo extraordinario sucediese en su tormentosa vida. Extendió una mano para rozar la lisa corteza plateada del sauce.
– ¡No dejes que lo haga! –Rimbudëth salió de su escondite y saltó sobre una de las ramas del árbol, escandalizado de que una niña fuese a hablar con él.
– ¿Qué haces? ¡Rimbudëth! ¡Te vas a descubrir!
Kobalim salió impetuosamente detrás de su amigo, con tan mala fortuna que tropezó con él y ambos rodaron hasta caer a los pies de Sara. Ésta enmudeció de asombro, eran tan diminutos que apenas lograba verlos en la oscuridad reinante, pero estaba segura de que sus ojos no la engañaban. Allí, en el suelo, había dos graciosos duendecillos de larga barba y piel verde, del tamaño de una alubia.
– ¡Duendecillos! –exclamó con los ojos muy abiertos.
– ¡No! No somos duendecillos, vamos Kobalim…
– Esperad, no os vayáis, no os haré daño, lo prometo.
– Tú puede que no, pero tu endemoniado padre nos machacará en cuanto se despierte a causa del alboroto que estás armando, ¡niña!
– Déjala tranquila, Rimbudëth –intervino el sauce con tono protector–. No está armando ningún alboroto, sólo intentaba liberarme, ¿no es cierto, Sara?
– ¿Sabes mi nombre? –la expresión de la niña se iluminó de felicidad.
– Desde luego que lo sé… He tenido mucho tiempo para ver todo lo que ocurre en esta casa –el sauce la miró muy serio.
– No es un buen hogar… ¿Verdad?
– Oye –carraspeó Kobalim–, siento interrumpiros, pero… ¿ahora que estás libre, puedes sacar tus raíces de ese tiesto y marcharte? –sugirió levantando las manos con una expresión un tanto sarcástica– …antes de que el energúmeno se levante y te haga trocitos?… Aún es de noche, incluso tú podrás llegar al bosque antes de que nadie se de cuenta…
– Pero él preguntará por el árbol –dijo Sara, segura de lo que ocurriría si su padre bajaba por la mañana y veía el tiesto vacío.
– Le echará la culpa a ella –la apoyó el sauce.
– ¿Y para qué entonces, le has soltado las raíces –quiso saber Rimbudëth–, si no pensabas dejarle marchar?
– No lo sé… No lo tenía planeado. Quería llevarle lejos, para que mi padre no lo eche al fuego, como hizo con el abeto del año pasado…
– De eso ya nos encargamos nosotros, tú vete a la cama, será lo mejor. ¡Y olvida que nos has visto!
– ¿Cómo voy a olvidarme de dos duendes y un árbol que habla?
– ¿Nunca has visto a los duendes? –inquirió el sauce asombrado.
– Tampoco he oído a un árbol hablar…
– ¡Claro que no ha visto un duende! –rugió malhumorado Rimbudëth– ¿Eres tan tonto que no sabes que los hombres no son capaces de vernos?
– Pero ella nos ha visto…
– ¡Porque aún es una niña! –explicó Rimbudëth con aire impaciente– Los niños conservan su inocencia, la fantasía, la imaginación, y están más predispuestos a ver… ¿comprendes? Por eso debemos ser especialmente cuidadosos con ellos, porque si no…
– Oh, oh… Creo que le hemos despertado… –Kobalim saltó detrás de Rimbudëth, temblando de miedo.
Una tos sonó en el piso de arriba. Al instante los dos duendecillos se escabulleron detrás del sauce, y éste enmudeció, petrificado por el terror.
– Escóndete Sara… –siseó Kobalim desde donde estaba.
La pequeña no lograba moverse. Miraba hacia arriba, atenta al menor movimiento de su padre. Pronto le oyó levantarse, carraspear y gruñir. Sus pasos resonaron sobre las viejas tablas del segundo piso. Se disponía a bajar, sin duda.
– Escóndete!!! –Kobalim le arrojó una piedrecilla, pero era tan pequeña que ella no la notó cuando le dio en la espalda.
– Sara, escóndete detrás de la cortina… –el sauce la empujó levemente con una de sus ramas.
Cuando Romek asomó al pie de la escalera, ella ya había desaparecido tras el pesado cortinaje que cubría la única ventana de la sala. Hubo un silencio sepulcral. La luna entraba a raudales a través de los cristales inmaculados de aquella ventana, no en vano Mirabel se esforzaba en mantenerlo todo perfectamente limpio. Romeo extendió la mano y encendió la luz.
– ¿Quién anda ahí… –murmuró más para sí que en voz alta. Llevaba una porra en la mano– Te he oído… Como te coja vas a ver lo que es bueno…
Sara se encogió sobre sí misma, temerosa de que la encontrara oculta tras la cortina. Si su padre se molestaba en buscar un poco, no tardaría en descubrirla.
– No te muevas, Sara… –Kobalim se había sentado en su hombro derecho y susurraba en su oído.
– Haz lo que te digamos, no te encontrará –Rimbudëth apareció en su hombro izquierdo.
Los dos duendes, uno a cada lado, se proponían intervenir para que Romek no encontrara a su hija.
– Cierra los ojos y no los abras pase lo que pase…
Sara obedeció. Cerró tan fuerte los ojos que parecían dos delgadas líneas bajo sus cejas rubias. Estaba aterrorizada, y por alguna razón pensaba que si los duendes existían, quizás también tenían poder para hacerla invisible. A no ser que estuviese soñando, en cuyo caso su padre le propinaría una buena paliza. Al pensar en ello se echó a temblar.
El sauce mientras tanto observaba a Romek sin pestañear. Rogaba para que no se diese cuenta de que tenía las raíces al aire. También para que no encontrase a Sara. Sabía muy bien lo que ocurriría si aquel monstruo daba con la niña.
Romek gruñó por lo bajo, convencido de haber oído ruido allí. Con precaución en sus movimientos empezó a rebuscar por la sala. Miró tras el sofá, debajo de la mesa del comedor, entre las sillas, en los rincones, dentro de los armarios… Hasta que reparó en el rincón donde el sauce aguardaba muy erguido, aún plantado en su tiesto. La luna derramaba sobre él una luz fantasmal, arrancando destellos plateados de su esbelto tronco. Su estampa era hermosa con aquella luz nocturna; las ramas destacaban espléndidas, su figura era armoniosa… y él no se daba cuenta de su belleza, incluso estando desnudo.
– No serás tan bonito cuando te arroje al fuego dentro de dos noches… –amenazó Romek mirándolo lleno de rabia.
El sauce tragó saliva, seguro de que cumpliría su amenaza. Ahora crecía en él la necesidad de huir de allí. Añoraba la tranquilidad del bosque, ansiaba poder hibernar hasta la primavera, volver a ver a sus amigos, los robles, los avellanos, acebos, hayas… ¿Por qué su vanidad le había llevado tan lejos? Se prometió a sí mismo no volver a ser tan necio si lograba salir de aquél apuro.
El hombre había llegado hasta la ventana. Se detuvo un instante, dubitativo. Entonces reparó en la tierra caída en el suelo, y en seguida se percató de que el tiesto del sauce estaba medio vacío.
– ¿Qué demonios…
Se agachó para mirar por debajo de las ramas.
– Putas comadrejas…
Soltó la porra y empezó a recoger la tierra para volver a echarla en el tiesto. El sauce notaba como sus raíces volvían a quedar prisioneras bajo la tierra que aquel hombre sin corazón aplastaba con fuerza.
– No te moverás de aquí hasta mañana, árbol-cerilla…
Terminó de arreglar lo que su hija había deshecho, convencido de que algún animal se había colado en la casa para escarbar en el tiesto.
– Como te coja por aquí irás a la cazuela…
Se irguió para seguir buscando. Entonces, de forma inesperada, abrió la cortina tras la que se ocultaba Sara. Ésta mantenía cerrados los ojos; sudaba por el terror que dominaba su espíritu. Encerrada en sí misma, podía sentir con claridad el frío que emanaba del corazón de su padre. Llegaba hasta ella como un vapor gélido, malsano… que agarrotaba su espíritu. No obstante se mantuvo firme, los ojos bien cerrados.
– Maldita sea… No habrá sido ese puto mastín… –no había visto a Sara. Se le acababa de ocurrir que quizás el perro del señor Mordekûa se había colado en la casa para escarbar, cosa que le gustaba mucho hacer. No era la primera vez que el animal se escapaba del vivero y se lo encontraba hurgando entre la basura o removiendo la tierra del jardín– Como agarre a ese asqueroso chucho me lo cargo… Mordekûa, Mordekûa… te la estás jugando.
Dejó la cortina. Allí no había nada. Lleno de rabia giró sobre sí mismo y descargó un brutal golpe sobre la repisa de la chimenea, rompiendo y arrojando al suelo cuanto había sobre ella. Su ira era tan grande que necesitaba exteriorizarla como fuese. Como no había encontrado al intruso, arrampló con adornos y figuras. A continuación arrojó la porra contra el sauce, con tal fuerza que le partió una de sus ramas más altas.
– Mañana te haré pedazos –le señaló furioso–. Y te haré una visita, Mordekûa…
Romek abandonó la sala sin decir nada más.

Capítulo 5

En el vivero había un gran revuelo. Desde que Romek se llevara al pobre sauce a su casa, los abetos no habían parado de discutir entre ellos, incapaces de soportar la idea de haber arrojado a un pobre árbol, que además no era un abeto, a las garras de semejante individuo. Era tal la agitación que les dominaba, que incluso Mordekûa se daba cuenta de que algo anormal les sucedía a sus árboles. Su gran perro ladraba por las noches, bufaba y se revolvía, trataba de liberarse de las cadenas que le sujetaban para impedir que se escurriera a husmear en las casas del pueblo, en especial la de Romek. El animal sabía que los abetos tramaban algo, y trataba de avisar a su dueño. Pero las cadenas que lo sujetaban eran demasiado fuertes, ni siquiera un perro poderoso como él podía romperlas. Mordekûa empezaba a estar harto de tanto barullo. Su perro, que se llamaba Black a pesar de tener un manto de pelo blanco como la nieve, no le dejaba dormir, y en el patio flotaba un algo indefinido que enturbiaba su ánimo.
Algo que provenía de los abetos.
A veces le parecía oír susurros, incluso estaba seguro de que eran los árboles quienes murmuraban entre sí, como si estuvieran confabulándose, como si rumiaran alguna estratagema. Se le antojaban una banda de conspiradores y empezaba a tenerles miedo. Durante el día, cuando se ocupaba de ellos, creía que le observaban, y a tal punto había llegado su certeza de que así era, que dejó de realizar sus tareas.
Los abetos, satisfechos de que ya no se acercara por el patio, se dedicaron a continuar con su discusión: la suerte del sauce.
– ¡La culpa es tuya! –exclamó un abeto– ¡Tú le subiste a la camioneta con la absurda idea de que pasara el invierno en una casa! ¡¡Mira en qué ha parado tu arrogancia, tu inventiva, tu genialidad!!
– ¡Yo no quería que eso ocurriera! –protestó el joven abeto, que se sentía terriblemente culpable– Mi idea era buena, mi intención más aún… Si hubiesen sido los elfos…
– ¡Eso ya no importa! –chilló otro– El sauce probablemente ya estará muerto, y si no lo está, pronto será pasto de las llamas… Nada podemos hacer por él…
– ¿No tendríamos que acudir en su ayuda?
– ¿Vas a arriesgarte a abandonar la seguridad de este vivero para ir a buscar a un árbol salvaje y vanidoso a la casa del psicópata?
– Es verdad, la culpa en cierto modo es suya también. Era un presumido.
– Pero podríamos ayudarle… –protestó el abeto con su acento juvenil– Si él ha sido capaz de abandonar el bosque para ir al sur, nosotros bien podemos salir del vivero, salvarle, y regresar antes de que Mordekûa se de cuenta… Si no vamos todos, ni siquiera se dará cuenta de que faltamos algunos…
– ¡Otra idea descabellada! ¿No te basta con haber causado la muerte de un árbol que quieres causar la de todos nosotros? ¿No te das cuenta de que el psicópata quemará el vivero si nos descubre? ¡Arderemos todos!
Así discutieron durante horas, sin llegar a ponerse de acuerdo. Y así también, entre nervios y desvelos, transcurrieron los días con sus noches.
Llegó una mañana en que Romek apareció hecho un basilisco, furioso porque creía que Black, el perro de Mordekûa, había hurgado en su casa la noche anterior, escarbando en la tierra de su árbol de invierno, rabioso porque el señor Mordekûa había dejado suelto al perro a pesar de sus advertencias. Llegó para encararse con Mordekûa y hacerle pagar por su desfachatez, su descuido… su negligencia con el animal.
– ¡¡¡Mordekûa!!! –rugió con voz de trueno que sobrecogió a cada abeto del patio. Black asomó su enorme cabeza por la puerta de su caseta y empezó a ladrar. Su instinto le prevenía acerca de las intenciones de aquel hombre– ¡¡¡Mordekûa!!! ¡¡¡Sal, viejo enano del demonio!!! ¡¡¡Te advertí que ataras al perro, viejo topo!!!
El pobre anciano se encontraba en ese instante desayunando en su hogar tras una noche de vigilia. Ni Black ni los árboles le habían dejado pegar ojo, por lo que bostezaba de sueño con una taza de café humeante en la mano.
– ¡¡¡Mordekûa!!! ¡¡¡Viejo topo!!! ¡¡¡Sal para que pueda verte!!! –oyó que gritaba aquel hombre, fuera, en el patio. Lentamente se asomó a la ventana, sorprendido de que estuviese allí… tan enfurecido a causa de su mastín. Sin duda había pasado la noche en su caseta, pues no le había dejado dormir con sus ladridos. Entrecerró los ojos para ver mejor, pero Romek era sólo una mancha borrosa– ¡¡¡Sal ya, condenado viejo!!!
Black tiraba de su cadena, ladraba, babeaba, gruñía enseñando su mejor sonrisa, pero ni sus enormes colmillos ni la evidencia de que estaba atado influían en la actitud de Romek, cuyo único afán era descargar su furia sobre alguien… Mordekûa era un enano indefenso, la víctima perfecta para desplegar todo su odio, tuviera o no razón.
Miró al perro de reojo. Una vocecilla en su mente le decía que Black estaba bien atado, que probablemente no era el intruso de la noche anterior, que cometía un error culpándole a él… Pero hizo caso omiso, poco le importaba tener o no la razón. Apretó su porra con fuerza, hasta que los nudillos de los dedos de su mano derecha blanquearon por la falta de circulación.
En ese momento apareció el temeroso Mordekûa en la puerta de la oficina. Se abrigaba con una bata vieja, estaba desaliñado y se movía con torpeza debido a su avanzada edad y a la miopía que padecía. Black, alertado por el peligro que amenazaba a su dueño, trató de saltar para protegerle, pero la cadena no se lo permitió; una sacudida tiró de él hacia atrás cuando se tensó en toda su longitud. Romek se sonrió al escuchar el gañido lastimero con que el animal se quejó por el tirón en su cuello.
– ¿Qué ocurre señor? Es muy temprano para…
– ¿No te dije que ataras al perro? –le cortó acercándose con la peligrosa porra en su mano– ¿No te dije que si volvía a verlo en mi propiedad me las pagarías?
– Pero si Black está atado, señor… –argumentó Mordekûa seguro de lo que decía– Viriadek, el elfo del lago lo ató por mí, y estoy seguro de que no se ha podido escapar, porque lleva toda la noche ladrando...
– ¡¡¡Cállate!!! ¡¡¡Ese condenado perro ha estado hurgando en mi casa esta madrugada!!! –Black ladraba furioso, gruñía tironeaba de la férrea cadena, incapaz de hacer nada por Mordekûa– ¡¡¡Cállate!!!
Romek se volvió hacia él y le golpeó con la porra en el morro. Fue tan brutal el ataque que el pobre perro cayó al suelo sangrando. El dolor sacudió su cerebro, atravesó su cráneo y aturdió sus sentidos por unos instantes. Black trató de levantarse, pero un mareo extremo le hizo perder el equilibrio. No se sostenía sobre sus cuatro patas.
– Pero ¿por qué ha hecho eso? –se quejó Mordekûa temeroso de la reacción de aquel energúmeno desalmado– Black no ha hecho nada esta vez… No tiene derecho a…
– ¿No? Yo creo que sí… ya lo vas a ver…

Capítulo 6

–Mamá, ayúdame a sacar el árbol de casa –rogó Sara en cuanto vio que su padre subía a la camioneta para coger la carretera hacia el vivero del señor Mordekûa.
– ¿A dónde ha ido tu padre? –preguntó Mirabel recelosa por la repentina marcha de su marido. Se acababa de levantar, alarmada por el ruido que había hecho antes de irse.
– Creo que al vivero del señor Mordekûa.
– ¿Por qué?
– Cree que Black ha estado aquí por la noche, pero no es cierto… –explicó la pequeña, segura de lo que decía.
– ¿Black? ¿Y cómo sabes tú eso, cariño? –Mirabel se arrodilló junto a su hija, sujetándola por los brazos con delicadeza.
– Porque lo vi todo, sé que Black no ha sido.
– ¿Y qué se supone que ha hecho el perro de Mordekûa?
– Escarbar en el tiesto del árbol… –Sara decía la verdad, aunque no toda. No pensaba revelarle a su madre su experiencia con los duendes, que lo escuchaban todo desde un lugar seguro, y mucho menos pensaba decirle que el árbol podía hablar. ¡Su madre jamás la creería! Señaló hacia el tiesto– Papá encontró la tierra fuera del tiesto, porque anoche yo quise sacar el árbol de casa, pero me escondí y ahora él cree que ha sido Black.
Mirabel guardó silencio durante mucho rato. Tanto, que Sara empezó a sentirse terriblemente culpable. Era consciente de que probablemente había provocado un grave problema al señor Mordekûa.
– ¿Por qué has hecho eso? ¿No conoces a tu padre? –Mirabel estaba muy agitada. Le temblaba todo el cuerpo, sufría por el señor Mordekûa, sufría por lo que vendría después, cuando su esposo regresara a casa…– ¿No sabes de lo que es capaz…?
– Papá iba a quemar el árbol y yo no quería que lo hiciera…
– Pero cielo… Ahora papá lo pagará con nosotras… ¿Qué importancia tiene que queme un árbol que además está muerto?
– Oh, ¡no está muerto! ¡Sólo está dormido! Lo que ocurre es que no es un abeto, se le caen las hojas en invierno y parece muerto, pero no es así…
– Oh cariño…
Maribel abrazó a su hija. Estaba harta de tener miedo, estaba harta de sufrir el desprecio, los insultos, de vivir aquella pesadilla. Eran la Fiestas del Invierno, pero no en aquella casa. ¿Hasta cuándo podría aguantarlo?
– ¿Me ayudarás a sacar el árbol de casa, mamá?
Los duendes cruzaron los dedos, atentos a la respuesta de Mirabel.
– Vamos Kobalim, súbete a las ramas –siseó Rimbudëth muy suave.
El sauce escuchaba todo con igual concentración, poco seguro de que aquella mujer se mostrara dispuesta a ayudarle. Dejó que los duendes se encaramaran a una de sus ramas, contento de que no le abandonaran en momentos tan críticos. En realidad temía por su futuro.
– Di mamá, ¿me ayudarás a sacarlo de aquí? Papá lo quemará en cuanto vuelva… –rogó Sara sin dejar de estudiar la expresión de su madre.
– Haremos algo mejor.
Algo en el interior de Mirabel se había liberado. Se levantó muy decidida y con la entusiasmada ayuda de Sara cogió el árbol para sacarlo a la calle. La pequeña intuía que algo grande estaba a punto de ocurrir en su vida. Miraba ahora a su madre con renovado amor. Confiaba en ella más que nunca, porque desprendía una fuerza misteriosa que jamás antes había visto. El eterno temor se estaba transformando en otra cosa...
– Diremos al señor Mordekûa que pase a recogerlo, ¿de acuerdo? De momento vamos a llevarlo al jardín de Giriath para que tu padre no lo vea si regresa.
– Gracias mamá –sonrió Sara muy contenta.
Rimbudëth y Kobalim no cabían en sí de gozo. Se alegraban de haberse encaramado en lo más alto del sauce ahora que lo sacaban de la casa. El árbol por su parte se dejó llevar, entusiasmado por el insospechado curso de los acontecimientos. Aún le dolía en el punto donde Romek le había partido una rama, pero ya no le daba tanta importancia.
Mirabel y Sara salieron al exterior, caminaron por un sendero de gravilla cubierto por la nieve y al llegar junto al jardín de Giriath, un enano amable y comprensivo, depositaron el sauce con mucho cuidado sobre el césped, procurando que no se viera desde la casa. Mirabel sabía que Giriath no diría nada. Su discreción le daría tiempo para lo que pensaba hacer.
– Ven, cariño –cogió con ternura la mano de Sara–. Vamos a terminar de una vez por todas con todo esto.
– ¿Qué vas a hacer, mamá?
– Lo que tenía que haber hecho desde el principio.

En el vivero de Mordekûa las cosas se estaban complicando mucho. El anciano no sabía qué hacer ante los insultos e improperios de Romek, que no dejaba de amenazarle con la porra. Arrinconado contra la puerta de su humilde casa, observaba horrorizado cómo aquél desalmado, harto de gritar, pasaba a la acción.
– Ahora verás, viejo…
Se fue hasta su coche, abrió el maletero y sacó un bidón de gasolina.
– Te advertí que tuvieras cuidado, nadie podrá culparme por lo que voy a hacer. La culpa es sólo tuya…
Un brillo enfermizo refulgía en su mirada siniestra.
– No, por favor, se lo ruego, Romek, el vivero es todo lo que tengo…
Mordekûa no veía bien qué llevaba el hombre en las manos, pero olía perfectamente la gasolina. Dedujo sin esfuerzo que pretendía prender fuego al vivero.
– Haberlo pensado antes… –soltó una risotada espantosa. Parecía un demonio, como si una poderosa fuerza oscura hubiese devorado su alma y dominase cada uno de sus actos.
– No…
Mordekûa cayó de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos. Black no cesaba de ladrar, saltaba furibundo e impotente a causa de la cadena que le sujetaba con fuerza, sin poder defender el vivero. Romek pasó por delante de él sin mirarle, entró en el patio donde Mordekûa guardaba los abetos y se preparó para rociarlos con la gasolina.
– ¿Qué va a hacer? –susurró uno horrorizado.
– Nos va a achicharrar…
– No es posible, ¿dónde está ese condenado chucho cuando le necesitamos?
– Está atado, estúpido abeto…
– Oh no,no… No quiero morir… ¿Qué hace? ¿Por qué…
Romek se detuvo frente a la primera hilera de abetos, sin percibir el murmullo de sus voces temerosas, ni el frágil temblor de sus ramas. No podía oírles porque era un hombre adulto, y menos aún porque su alma era un pozo negro de maldad. En su mente y en su corazón, sólo ardía un clamor, el de la venganza.
– ¡¡Romek!!
La voz de Mirabel le detuvo.
– ¿Qué haces tú aquí? –rugió volviéndose hacia ella– Vuelve a casa… Ya hablaremos tú y yo...
– Deja ese bidón, Romek.
– ¡¡Que vayas a casa maldita mujer!!
Dejó el bidón en el suelo y dio unos pasos hacia ella, seguro de que un solo gesto suyo la acobardaría. Sin embargo su mujer parecía distinta. No se movió de donde estaba, como si ya no le temiera. Eso le desconcertó.
– Por favor, señora… –suplicó Mordekûa al ver que se enfrentaba a él–, tenga cuidado, está como loco…
– Hazle caso, Mirabel. No te conviene hacerme enfadar más de la cuenta. Vuelve a casa y te perdonaré.
– ¿Perdonarme? No… Eso se acabó, Romek. ¿Qué tienes tú que perdonar? Deja ese bidón y márchate o pediré ayuda.
– No te atreverás, no tienes valor para hacer nada… –Sara se tapó los oídos. Ella aún temía a su padre– Vuelve a casa… ¡¡¡Ahora!!!
– Volveré a casa, pero no contigo, Romek.
– ¿Qué? –un silencio denso y crítico envolvió la escena. El hombre sopesó la nueva actitud de su esposa. Calculaba si hablaba en serio o no– No importa, cuando acabe arreglaré este asunto contigo…
Dio media vuelta, cogió el bidón y se internó de nuevo en el patio, dispuesto a prender fuego a los abetos. Mirabel, al ver lo que se proponía hacer, se tapó la boca con la mano.
– ¡Mamá! Mira…
Sara señalaba hacia el patio. En su menudo rostro infantil se había dibujado una expresión de asombro e incredulidad, temor, íntima satisfacción… Mirabel, que ya se disponía a buscar ayuda, vio su expresión y se detuvo. Al mirar hacia el patio, lo que vio la dejó helada.
– ¡¡Socorroooo!!!
– Oh, Dios mío… –susurró Mordekûa– ¿Qué ocurre?
– Son los árboles…
Mirabel estaba en lo cierto, pero no lograba explicar lo que estaba presenciando. Ante ellos los abetos en masa habían rodeado a su marido y, en medio de una agitada marea de ramas que se movían sin ton ni son, habían logrado enredarle, atraparle y reducirle. El bidón de gasolina cayó de sus manos, un rumor extraño se elevó entre los árboles que le rodeaban… Sólo Sara comprendía lo que decían.
– ¡Acabemos con él! –gritaba uno de los airados abetos.
– ¡Sujetadle! ¡Acabad con él!
Romek desapareció en medio de la furiosa marabunta de abetos, cuya tumultuosa revuelta parecía incontenible.
– Mamá, ¿qué va a pasar?
– No lo sé Sara, no sé qué está pasando…
– Los árboles están vivos, mamá.
Ninguna de las dos se atrevió a moverse. La situación sobrepasaba su entereza. Mordekûa, que intuía que algo sobrenatural estaba sucediendo, tampoco hizo ni dijo nada. Incluso Black había enmudecido, a pesar de que él sabía de sobra de lo que eran capaces los árboles.
Al cabo de un rato los abetos fueron aquietándose, el atroz murmullo de sus voces se fue apagando, y al fin la calma regresó al vivero. Black se sentó, las orejas muy derechas, atento al patio. Nada se movía en él.
– ¿Romek? –Mirabel no sabía qué hacer– ¿Romek?
– ¿Dónde está papá?
– No lo sé cariño, no le veo…
– Señora, tenga cuidado –advirtió Mordekûa al ver que se acercaba al patio.
Pero ella intuía que no corría peligro alguno. Pasó por delante del expectante Black y se acercó a los abetos, que la observaban en silencio. No se sentían culpables por lo que habían hecho, en absoluto. Para ellos era una cuestión de supervivencia.
Mirabel buscó a su marido entre los árboles. Se internó en medio de ellos, anduvo entre los tiestos, apartando las grandes ramas, pronunciando su nombre en voz alta… Un fuerte olor a resina flotaba en el ambiente; la quietud era absoluta. Desde el cielo cayeron algunos copos de nieve. Romek no estaba. Había desaparecido.

Capítulo 6

El bosque ya no le parecía al joven sauce tan umbrío y triste como antes. Liberadas sus raíces, se alegraba de haber regresado, se enorgullecía de haber descubierto lo importante que era para él pertenecer a aquel maravilloso lugar. En todas las estaciones del año, incluido el invierno. Ya no le importaba estar desnudo o no, había aprendido la lección, se aceptaba a sí mismo en todas sus facetas, y lo mejor de todo era que incluso habiendo perdido una rama, había aprendido a mirar alrededor, a valorar cuanto le rodeaba, y a quienes conformaban su mundo. Jamás olvidaría a la pequeña Sara, pero su lugar estaba en aquel bosque, al que pertenecía por entero.
Echó una última mirada atrás, hacia el ancho sendero de nieve por el que había regresado al hogar. Se preguntó qué habría sido de Sara y su madre… Algo le decía que ahora eran tan libres como él. Sintió una punzada de alegría en su interior, y suspiró.
– Vamos, árbol tonto… –susurró cariñosamente Kobalim– ¿No vas a entrar?
– Ya has estado demasiado tiempo ausente –añadió Rimbudëth, sentado junto a Kobalim en una de sus ramas–, creo que te habrán echado de menos.
– Sí, tenéis razón.
El joven sauce se internó en el bosque. Aspiró con fuerza el aire frío de la tarde, dejó que la nieve empapara sus raíces al pisar sobre el manto de hojas sepultado en el suelo… Vio al viejo avellano, aún dormido, los acebos, resplandecientes con sus preciosas bolas rojas repartidas entre las puntiagudas hojas verde brillante, los altos robles, los matorrales… Se sintió en casa.
Sabía dónde debía pasar el invierno. Con aire decidido, no se dio cuenta de lo hermoso que estaba al cruzar el bosque en dirección al río; su figura resplandecía con destellos de plata, sus ramas semejaban lazos brillantes, y cuando se asentó a la orilla de la mansa corriente de agua, hundió sus raíces en la fértil tierra negra y se inclinó para dormir hasta la primavera, no le importó nada de todo eso. Una felicidad maravillosa recorría su tronco de arriba abajo.
Los duendecillos estallaron en sonoras carcajadas, contentos de haber recuperado al sauce. El bosque volvía a estar completo ahora que había regresado para ser lo que debía…

© Maite R. Ochotorena

El Sueño del Trovador

Capítulo 1

Amanece sobre la ciudad dormida, apacible el sol que se derrama, planea sobre el horizonte encendido de albores encarnados. Se extienden las sombras por los abigarrados tejados, alargadas entre la bruma como una pátina infinita. A través de la ventana abierta se cuela la luz ya amanecida, irrumpe en la estancia del poeta, rasga el cortinaje velado de gasa blanca, tantea entre sus cosas como el amante curioso, rebusca resplandeciente hasta encontrarle a él, el poeta, como dormido.
Su rostro descansa sereno, plácido es el sueño que guarda en su hermoso gesto… o sólo parece que duerme, porque su pecho está inmóvil, la piel se ha vuelto fría. Tiene el corazón helado. El cuerpo del joven murmura la advertencia en la quietud de esa mañana: que la esperanza le ha abandonado. El poeta está muerto por dentro, llora lágrimas de amor en secreto.

Capítulo 2

El tren de cercanías irrumpió en la abarrotada estación. Llegó como una punta de acero temprana, gastado de óxido viejo y decorado con imaginativas pintadas. Era un tren cotidiano. Transportaba la rutina del trabajo, los sueños de futuro, los problemas hogareños, corazones que se ocultan anónimos tras un libro abierto, tímidas sonrisas o el ceño fruncido del eterno ausente. La voz en lo alto anunció estridente su llegada, chasqueó la megafonía. Las notas lejanas de una guitarra bohemia acompañaron aquellas apáticas frases manidas.

El tren chirrió sobre la vía y se detuvo. Una marea de impacientes viajeros se preparó en el andén, mochilas, maletas, periódicos… un revuelo agitado entre quienes tomaban el mismo transporte cada día. Dieron las nueve en punto. En el bullicio de quienes subían y bajaban, entre empujones y disculpas, abrigado con una chaqueta de pana algo raída de experiencias compartidas, se esforzaba un joven por ocupar su asiento. Escogió aquél junto a la ventanilla, donde daba el sol de la mañana, entre la anciana malhumorada y el ejecutivo impaciente, su rincón de siempre. Por algún acuerdo tácito entre el ayer y el mañana, ese rincón le pertenecía, siempre estaba vacío, él era siempre quien lo ocupaba. Más tarde se preguntaría si el destino se lo había reservado para que ese día pudiera encontrar el amor… Más tarde se preguntaría una y otra vez si era premeditado que sólo desde allí pudiese descubrir a la que le robaría el sentido…
Se sentó con su bolsa muy usada y sacó un libro de hojas apelmazadas, sobadas de tanto leer adelante y atrás, de repasar aquellas líneas encerradas de pasión que tanto le embriagaban. Era un libro de poemas, él era un poeta, trovador de versos secretos que garabateaba frenético en hojas sueltas, en el hueco de un margen, allí donde la tinta reclamaba su espacio.
Notó que el tren arrancaba, la agitación repentina del primer empujón de la máquina que tiraba de él por la vía; luego llegó el regular traqueteo mientras dejaba atrás la estación y se alejaba. Aquel rítmico vaivén regresó la normalidad a aquel vagón abarrotado, cada uno se encerró de nuevo en su particular universo y el trovador quiso perderse entre las amadas páginas del libro que sostenía en las manos.
Pero ¿fue casualidad, o el azar? Antes de bajar la mirada y dejarla vagar sobre el abigarrado texto que sostenía entre las manos, vio de soslayo esos ojos hermosos que después le robarían el sueño…
Levantó la vista del todo, sorprendido como si le hubiesen alcanzado con un dardo envenenado. Allí estaba ella, ausente, apoyado el menudo rostro en la mano delicada, con el suspiro contenido en los labios sonrosados, las mejillas encantadoramente arreboladas… Miraba a ninguna parte, perdida en algún pensamiento atesorado que él no podía descifrar en la distancia; el sol se derramaba sobre su figura inmóvil, arrancaba destellos en secreto de esos ojos soñadores. No pudo apartar la mirada, cautivo de un ángel tan bello, más hermoso aún en su ensoñación, que teñía de romanticismo el cuadro perfecto del que formaba parte sin saberlo.
Mientras el tren devoraba las vías velozmente, el paisaje a través de las ventanillas se perdía como una cinta pasajera del mundo, un brochazo breve de las verdes montañas por las que pasaban, los pueblos hundidos en sus vaguadas entre la bruma; los árboles apenas eran sombras desdibujadas que enseguida se perdían en la distancia.
El revisor apareció cruzando entre vagones. Pidió billetes maquinalmente y los viajeros obedecieron del mismo modo. A su paso se posó el silencio, rasgado por el revuelo de manos que rebuscaban en los bolsillos, abrían la cartera, una tos incómoda al fondo y el peculiar ¡clac! al picar cada billete. El joven le observó cuando se paró junto a la desconocida, ansioso por que alzara el semblante y así poder contemplarlo mejor. Contó uno, dos, tres, cuatro segundos, pero ella estaba ensimismada. Tuvo el revisor que carraspear para llamar su atención. Al fin su tos exigente la sacó del lejano mundo en que se hallaba. Extasiado la vio sonreír, sonrisa divina, ingenua de tímida disculpa; sacó su billete del bolsillo de su abrigo negro y se lo tendió al revisor malhumorado. Pudo ver con claridad el rostro fino, la piel blanca destacada por el sonrojo que coloreaba sus mejillas, la menuda nariz recta, las cejas bien delineadas sombreando aquellos ojos grandes, brillantes, sonrientes… Una punzada de dolor le partió el corazón en dos, herido de muerte se rindió al amor… Fue cautivo de su visión.
El revisor continuó su recorrido, ajeno al mágico hechizo que acortaba la distancia entre el asiento del fondo, donde se sentaba la joven, y el del otro extremo del vagón, donde el poeta trovador callaba hechizado, mudo el gesto, arrebolado de admiración. Quizás sensible a su atención desmedida, ella se volvió en su dirección, buscando el origen de la vaga inquietud que de pronto agitaba su perfecta abstracción. Sus ojos se cruzaron en ese instante mágico, se quedaron prendados de una íntima comprensión. ¿Qué caprichoso juego enlazó sus almas en aquella muda contemplación? El trovador sonrió, mil versos acudieron del corazón a su mente, y de ésta a sus labios, sin llegar a pronunciarlos, cuando ella se sonrojó y apartó el rostro, consciente por primera vez de él.
– Vuelve a mirar… –rogó él con la ansiedad grave en la voz ahogada.
Como si obedeciera a sus deseos la muchacha abandonó su escondido alborozo y de nuevo le dedicó una mirada, tímida, curiosa. Se preguntaba en la distancia por qué él la miraba, si era ella realmente el objeto de su atención, incrédula de serlo, ansiosa no obstante por desear parecerlo.
El tren se detuvo en alguno de los pueblos de su recorrido. Una docena de viajeros abandonó sus asientos, cogieron sus bolsas, se abrigaron con abrigos y bufandas –pues fuera hacía una fría mañana de soleado invierno–, abandonaron el vagón y sus pasos se perdieron en la estación cuando poco a poco desaparecieron.
Apenas quedaron cinco personas en aquel vagón de pronto silencioso. La distancia sin embargo entre los dos cómplices del casual encuentro pareció crecer como si el vacío abierto que mediaba libre de viajeros fuese el foso insalvable del desconcierto.
El tren arrancó despacio. El cuarentón ejecutivo que ocupaba el asiento frente al joven miró el reloj y se levantó; cogió su chaqueta, pidió perdón al pasar, se alejó para desaparecer tras la puerta hacia su próximo destino, a cinco minutos de constante traqueteo. Cuando la interrupción acabó, el joven había apartado por un momento la mirada de la muchacha. Al volver a buscarla descubrió que ella le sonreía desde el otro lado. Apenas pudo respirar, le robó la sensatez, el corazón y el alma. Si la dejaba marchar se oscurecería su mundo como cuando nos alcanza una noche sin estrellas.
Al fin, tras dos paradas más a las que ninguno de los dos prestó atención, el tren alcanzó el destino que al parecer era para ambos el mismo. Se levantó él, despacio, sobrecogido. Se levantó ella, temblorosa e incierta en sus movimientos; consciente de la corta distancia que les separaba, de que él caminaba ya en su dirección, hacia la puerta.
– Hola Teresa! –una voz conocida le arrebató el momento intenso y el peligro. Se volvió para encontrarse cara a cara con una compañera de estudios. Era María, no solía hablar mucho con ella, no congeniaban, las dos los sabían. Sin embargo allí estaba, apartándola de aquel extraño que ya se acercaba a ellas. Ansiaba mirarle, saber si aún la observaba– No te había visto, y eso que estaba sentada bien cerca…
– Yo tampoco te había visto –logró decir Teresa con forzada ronquera. De reojo vio que él estaba ya a su lado, a punto de pasar entre las dos para alcanzar la puerta. El tren iba a detenerse– …estaba distraída.
– Hola…
Al parecer él conocía a María. Teresa creyó desfallecer. Sus ojos volvieron a cruzarse intensamente. Deseó estar a solas con él, perderse para siempre en aquella mirada grave.
– Ah! Hola, tampoco a ti te había visto! –María le sonrió– Oye Abel, tengo aquí el libro que me dejaste el otro día…
María le arrebató de su lado. Le cogió con premeditada intención del brazo y lo arrastró fuera, sin esperar a Teresa. A su espalda un lastimero chirrido anunció la partida del transporte. Un centenar de jóvenes ocupaba el mismo andén en que se encontraban los tres. Lentamente se encaminaron hacia el pueblo, donde cursaban sus estudios superiores. María caminó con Abel por delante. Teresa no se atrevió a adelantarles, ni a colocarse a su altura. Era evidente que María pretendía separarles, y era tal el temor que sentía a la marea de emociones que embargaba su corazón, que no tuvo valor para hacer otra cosa que padecer de amor el tiempo que duró aquel anónimo paseo.

Capítulo 3

Abel abrió los ojos, arrebatado al sueño inquieto por aquel sol tempranero. Había sido el suyo el duermevela del enamorado, del trovador que guarda en secreto el dulce clamor del amor encontrado. Encontrado y perdido al mismo tiempo. Yacía boca arriba sobre las sábanas arrugadas, el cuerpo inerte, desvencijado y abrumado. Aún ardía en su pecho la llama encendida en el tren de cercanías. No había vuelto a ver a Teresa. La había buscado, sin éxito, y desde entonces padecía en silencio, seguro de que ella también le había amado.
Se giró de medio lado. Miró por la ventana, sin apartar el rostro de la almohada. La brisa helada del mes de enero entraba a ráfagas, sin barreras que contuviesen su aliento invernal.
– ¿Dónde estás? –susurró Abel con el amargo sabor del desamor en el paladar– ¿Dónde te encontraré, Teresa…
¿Podía olvidar tan pronto? ¿Renunciar al flechazo fulgurante que le había arrasado el alma? Abel era poeta, se sentía trovador, era su manera de ver el mundo, de afrontar los acontecimientos, buenos o malos. Por eso el impulso natural de su carácter le ayudó a abandonar el lecho de penuria en el que se acostaba. Se acercó sin calzarse a la ventana y se asomó al invierno soleado. Un mechón de cabello negro cubrió su frente, no se molestó en apartarlo. De nuevo el corazón latía en su pecho, como si al despertar hubiese recobrado el empuje necesario para seguir palpitando. Sabía que tenía que vestirse, aunque era domingo. No tenía prisa, no iba a ninguna parte, nadie le esperaba… pero tenía que recorrer la ciudad, buscar a Teresa.
La calle a aquella hora festiva se adornaba de una calma clara de árboles desnudos que elevaban sus ramas hacia el cielo azul. Las tiendas se hallaban cerradas, los comercios descansaban, tan sólo algunas panaderías abrían sus puertas desde bien temprano; cestos repletos de pan recién hecho se amontonaban en sus puertas, el aroma que desprendían era intenso, como el de la brisa que acompañaba a Abel en su paseo. Caminaba abrigado en su chaqueta de pana, envuelto el cuello con una larga bufanda gris en la que hundía el rostro helado, embutidas las manos en un par de guantes de lana. A la espalda llevaba su guitarra, instrumento amigo que jamás le abandonaba. No es que quisiera hacer nada con ella, pero llevaba días rumiando versos apremiantes que muy pronto iban a brotar sin remedio. Si no soltaba aquella carga de sentimientos, pronto estallarían en su pecho, y no soportaría el embate poderoso de haberlos retenido demasiado tiempo.
Alcanzó una plaza abierta, rodeada de bancos vacíos, porque era muy temprano. Las palomas saltaban deambulantes, erraban, levantaban el vuelo, se posaban de nuevo. Abel cruzó entre ellas y dirigió sus pasos hacia el paseo de Real, lugar emblemático de la ciudad, un parque arbolado donde quizás también Teresa fuese de vez en cuando.
– ¿Y por qué no? Bien podría ser…
Se adelantó por un camino de tierra, bordeado a ambos lados de altos setos y parterres ajardinados. Desde aquel promontorio natural, sobre el mirador amurallado, se podía contemplar la ciudad aún silenciosa, y al fondo el mar brumoso, sumidas las olas en una plácida marea de manso abatimiento.
Abel se asomó, apoyado en la piedra de la muralla. El paisaje se dibujó en sus ojos como el sueño de su amor se había asentado en el corazón, con poderoso arraigo. Cogió la guitarra y se sentó en silencio.
– Dame tu mano Teresa… –comenzó a recitar. Hizo vibrar las cuerdas, al principio dudoso– Dame tu mano para que pueda sacarte de las sombras, déjame traerte hacia la luz, donde mi pensamiento pueda tenerte al fin, donde ya no me ciegues de impaciencia…
Su voz fue cobrando fuerza a medida que cantaba aquellos versos de amor. En la quietud de la mañana ni los pájaros del parque se atrevieron a interrumpirle. Eran hermosas sus palabras, brotaron del alma, dejaron discurrir la marea de sentimientos contenidos desde que conociera a Teresa.
– …dame tu mano amor, dame una sonrisa, una mirada eterna… donde pueda mi corazón hallar el remanso que tanto anhela…
Ensimismado en sus canciones las horas le abordaron sin descanso. Pasó la mañana, pasó el mediodía y llegó la tarde corta. Cuando por fin extinguió la última nota en su guitarra, la noche envolvía ya el parque con la negra sombra nocturna. Sin estrellas en el cielo, o eso le parecía, porque Teresa no había llegado.

Capítulo 4

Teresa dejó el teatro acongojado el ánimo por la representación que había contemplado. La obra era una historia de amor desgraciado, y en cada escena le había parecido verse a sí misma, enamorada de un desconocido al que creía haber soñado. Era tal la duda que atenazaba su juicio que ya casi se había convencido de que Abel no era sino producto de su imaginación, pues la mañana en que creyó verle en el tren había estado especialmente ausente, soñadora… y no le había vuelto a ver. No le había buscado, porque temía que al hacerlo convertiría en realidad sus anhelos, pero había estado atenta a un nuevo encuentro. El azar les había traicionado, o acaso era verdad que se lo había inventado.
– Abel…
Pronunciar su nombre le traía cierto consuelo. Se fue calle abajo, lejos del bullicio de los espectadores comentando la obra, de las risas, del domingo antes del lunes y la amarga semana que vendría después. Sus pasos pronto resonaron huecos en las calles. Era tarde, hacía frío y la noche se cerraba oscura, sin estrellas en el firmamento.
Abstraída por completo caminó sin rumbo, arrebujada en su abrigo corto y negro. Su aliento se hacía volutas de vaho ligero y cuando exhalaba algún suspiro lastimero se perdía tras ella como un veneno.
Fue así como sin darse cuenta se encontró a la entrada del paseo del Real. Se detuvo de pronto y tuvo miedo. Nada se movía alrededor, los árboles se dibujaban sombríamente contra el negro cielo desierto.
– ¿Qué hago aquí…
Teresa dudó.
Un impulso desconocido la llevó entonces a cruzar la entrada. Caminó por el sendero de tierra y se internó en el paseo, hacia el mirador. Pensaba mientras el temor la dominaba, que desde aquel alto promontorio amurallado tendría una visión más amplia de la ciudad, y quizás la inspiración, o el corazón, le dictaran dónde encontrar a Abel… o le ayudaran a convencerse de que lo había imaginado.
Pero había alguien en la muralla. Estaba de espaldas, con una guitarra muda en las manos. Miraba hacia la ciudad y más allá, absolutamente distanciado. Tanto que no la oyó llegar, ni siquiera cuando la tuvo prácticamente a su lado. Teresa no veía su rostro, sintió miedo. Se colocó a su lado. Estaban muy cerca el uno del otro.
– Teresa… –suspiró entonces el desconocido, tan cerca que estremeció su corazón de esperanza.
Abel se volvió hacia ella. Acababa de ser consciente de su presencia. Al pronunciar su nombre había notado que la tenía allí, a su lado. Sus ojos se encontraron de nuevo, y fue como si el tiempo no les hubiera distanciado; como si una cruel broma del destino les hubiese mantenido apartados, lejos el uno del otro, cuando tendrían que haberse encontrado.
– Teresa…
Abel tendió su mano hacia ella, tomó su rostro, se acercó y la besó. Se abrazaron, ella se perdió en su pecho, él arrebató tierno su cuerpo entre los brazos, rodeada la cintura, entregados en aquel beso tan buscado.

Capítulo 5

Mas aquel parecía un encuentro perecedero, como si una jugarreta del destino hubiese zarandeado las cartas del azar divirtiéndose con los amantes en aquel parque dormido…
…De madrugada Teresa se despertó. Aún conservaba el sabor de los besos de Abel en sus labios, el calor de su cuerpo contra el suyo, el ardiente amor compartido… Desorientada, cayó en la cuenta de que estaba en su cuarto. No recordaba cómo había regresado a casa, cuándo se habían despedido.
Junto a ella encontró el libro de poemas que la semana antes había comprado, un hermoso libro, abierto entre las sábanas… Recordó haberse dormido así la noche antes de ver a Abel la primera vez… ¿Había sido entonces un sueño? ¿Se había dormido y de su imaginación había nacido todo aquel amor… ¿Aquel dolor que comenzaba a clavarse en su pecho…
Se derrumbó sobre la cama, lágrimas amargas barrieron su rostro. Ahora estaba segura, recordaba bien lo ocurrido, haberse acostado, haber leído… hasta haber caído rendida. Todo había sido un sueño. Abel no existía, salvo en su corazón herido, tan real como la angustia que ante la realidad la devoraba por dentro. Lloró en silencio, incapaz de volver a conciliar el sueño. Pasó las horas desvelada, llena de rabia por el engaño. Tendida en su cama ahogó el lamento, ansiosa por recuperar lo que por un breve tiempo había sido suyo.
Al fin el amanecer irrumpió sobre la ciudad dormida, El sol se derramó y planeó sobre el horizonte encendido de albores encarnados. Se extendieron las sombras por los abigarrados tejados, alargadas entre la bruma como una pátina infinita. A través de la ventana abierta se coló la luz ya amanecida, irrumpió en la estancia y encontró a Teresa, ya dormida. Rasgó a hurtadillas el cortinaje velado de gasa blanca, tanteó entre sus cosas como el amante curioso, rebuscó resplandeciente hasta acercarse a ella, sumida en un profundo sueño reparador, el de la amante desengañada por una quimera fantaseada.
Su rostro descansaba sereno, plácido era el sueño que guardaba ahora en su hermoso gesto… o sólo parecía que durmiera, porque su pecho estaba casi inmóvil, tenía el corazón helado. El cuerpo de la joven murmuraba la advertencia en la quietud de esa mañana: que la esperanza le había abandonado, porque su amor por Abel había sido un sueño robado de las páginas de un libro tantas veces explorado.

© Maite R. Ochotorena


La Última Huella

La vida parece derretirse en mi pecho, deslavazada y dispersa, sin que la magia que anida en el mundo pueda borrar las huellas que la pena ha dejado en mi corazón. Qué soledad, ahora que no queda nadie más, como si los sonidos cayeran gota a gota alrededor, como si cada segundo la cadencia de mi corazón fuese más despacio... Hasta los árboles del bosque más antiguo semejan sombras confusas que murmurasen entre sí.
Me hallo al borde del lago donde mi compañero ha perdido el alma, hundidos mis pies en el lodo resbaladizo, con el agua oscura lamiéndome los dedos suavemente. Una brisa leve, apenas un soplo cálido, incapaz de revolver mis cabellos, negros como el lodo en que me hundo, recorre el claro anclado en el valle, en lo más profundo de la montaña. Desde aquí, en el sombrío lecho de intenso verdor, no se ve la cima, sólo esa muralla susurrante de verde esmeralda y troncos de plata que lo cubre todo alrededor, grandes árboles que trepan por las laderas para besar el cielo con sus ramas.
Cierro los ojos, repitiendo su nombre sin cesar, como si al pronunciarlo en voz alta fuese a hacerle regresar...
Soy la última. No queda nadie más, sólo yo. El resto se ha ido, poco a poco, del mismo modo que la corriente de un río fluye imparable hacia el mar. Cuando yo desaparezca, el mundo permanecerá, y nadie recordará que una vez estuvimos aquí. No hay huellas, no queda nada... Lo han quemado todo, llegan del otro lado del mar y arrasan a fuego y acero cuanto de bueno y hermoso hay en este mundo. Sus cuerpos brillan bajo el sol, encerrados bajo corazas impenetrables, sus ojos son como el hielo, impasibles y duros, no hay alma tras ellos. Hablan una lengua extraña y han venido a aniquilarnos, a quitárnoslo todo... Como si alguna vez la Tierra les hubiese pertenecido. ¿Cómo sabrán que sufrí, llorando, antes de desaparecer? ¿Cómo sabrán que una vez amé, que tuve sueños, esperanza...
La superficie del lago brilla con esa pátina de reflejos ondulantes flotando bajo el cielo gris. Ahí yace él. Ahí yacen todos. Todos menos yo, la última de mi raza.
Mis pies morenos aún conservan los delicados trazos que él dibujó sobre mi piel, desde los tobillos hasta la cadera, una espiral ascendente de símbolos que representan su amor por mí. Como cuando me abrazaba entre susurros... Sus caricias se demoraban en cada dibujo, recorriendo mi piel.
Cierro los ojos y rezo a la Madre Tierra. Elevo las manos hacia el firmamento, que guarda los espíritus de mis hermanos, y trazo señales en el aire para que encuentre su camino. ¿Quién me enseñará el mío cuando tenga que partir? ¿Me esperará él para guiarme?
La brisa se vuelve viento, enreda mi pelo y descubre mi rostro sereno; las hojas se agitan en las ramas más altas de los árboles, susurran como un coro infinito; el sol asoma un instante por encima de las nubes; un águila planea muy alto, describe círculos que yo sigo con mis dedos... Y entonces le imagino a mi lado. Sonríe. Sus ojos oscuros me añoran, como yo a él. Tiende su mano hacia mí... ¿Qué otro camino me queda por recorrer?
Sigo las huellas de mi destino. Detrás de mí se pierde el rastro de mi historia.

© Maite R. Ochotorena

13 de enero de 2009

Dos ilustraciones para mis sobrinitas

Calendario 2009 para Grupo Finsi

  
  
      

Él Sueña Mientras Otros Duermen

Tiene la carita manchada de ganas de vivir, las manos repletas de trazos de esperanza, el pelo revuelto de sueños sin cumplir, la mirada perdida en la ensoñación renovada cada vez que respira... cada vez que su corazón late reivindicando su derecho a existir.
Vuelve su carita al cielo, él sólo ve cuentos sin contar, historias sin desvelar.
Tiende las manos para dar, aún tiene ganas de compartir lo que aún no tiene, o lo que tendrá.
Aspira con fuerza, aunque su lecho de pobreza duele, las noches gastadas de hambre hieren, las mañanas peladas de risas permanecen... Él aún se atreve a soñar. Toma aire cada día para poder empezar al siguiente con la terquedad de la esperanza.
No es el único, menudo en este mundo, anónimo entre los que pasan a su lado sin mirar, perdido en un intento desesperado por asomar por encima del abismo en el que nació. Pero la luz de su inocencia brilla en la oscuridad y su mirada llena el alma de sonrisas al que se atreva a devolvérsela.

El Visitante

“Abre la puerta, llaman. Atiende…
Pero vigila, porque al otro lado
pueden estar tus miedos.
Aguardan en la sombra para traspasar la línea,
y no sabes para qué han venido.
Abre… Abre la puerta. La duda te reclama.”



El tiempo se detuvo al apagarse la luz del vestíbulo; se detuvo como se detienen las agujas del reloj cuando éste ya no tiene cuerda, como si algo se hubiese llevado el trazo invisible que marca el discurrir lento e inexorable de las horas, tan repentina como contundentemente.
Como el tiempo, el silencio quedó atrapado entre las paredes, el vivo retrato de un grito mudo de espanto. Allí no quedó hueco para el eco de unos pasos, o para una tos en otra parte, ni para el tintineo de unas llaves al abrir la puerta más arriba o más abajo.
Al cabo de unos minutos, en aquella hora enajenada de una noche cualquiera, rompió esa frágil barrera del tiempo y del silencio el rumor del agua al caer en el tejado. Arrancó en las nubes despanzurradas del cielo nocturno y descendió traqueteando en forma de lluvia, envuelta en una cadena de pequeños latigazos, con un fondo zumbante de inquietante constancia, el viento. La vibración de los cristales en el salón confirmó con su diluido reflejo intermitente la inminente llegada de la tormenta.
Un susurro helado recorrió el pasillo muerto y se perdió por la escalera, un susurro preñado de desgracia, un murmullo de advertencias secretas cuyo eco se perdió deprisa mientras fuera, junto a la puerta de entrada, algo se avecinaba, sin pausa. El tiempo contuvo el aliento en la oscuridad, al ritmo cadencioso del miedo. Eran las once de la noche.
La aldaba sacudió la puerta con una serie de mazazos sin eco.
Yo vivía allí. No esperaba visitas. Estaba acostumbrada a mi serena existencia, una regalada soledad que me brindaba independencia y libertad. No esperaba ni deseaba visitas… Y sin embargo alguien insistía con rítmica impaciencia.
Tuve que abandonar mi apetecible rincón entre libros a medio leer, un lugar atrincherado al calor de una lámpara agradable, entre cojines cálidos y una manta arrebujada, para recorrer el largo pasillo hasta el recibidor, donde otro insistente golpe sobresaltó mis pasos. Contuve una oleada de temor, pero reprimí el deseo injustificado de volver a mi reducto de descanso para ignorar aquella visita inoportuna e impertinente… Sorprendentemente, junto al incipiente miedo se hizo hueco la curiosidad.
Quise pasar inadvertida en el recibidor, pararme sin ruido delante de la puerta. Contuve la respiración al ponerme de puntillas y atisbar a través de la mirilla para ver quién estaba al otro lado.
Un hombre. Una sombra alta y encorvada, una figura harapienta de negras vestiduras, largo cabello desgreñado que colgaba sobre aquellas ropas arrugadas en mechones deshilachados. La lluvia le caía por los hombros empapando su mugre como si se llevara con largos dedos negros una capa de barniz ajado que luego se dispersaba sobre el suelo mojado, mezclándose con su sombra ominosa.
Un visitante siniestro.
“No abras”, me advirtió mi conciencia.
El miedo se hizo fuerte, engulló mi curiosidad y encubrió mi escaso coraje, se coló por debajo de la puerta y se cogió de mi mano con gélida determinación. Allí, de pie en la oscuridad, había una sombría figura de aspecto espeluznante.
“No abras, no se te ocurra abrir… Deja que se vaya, ya se cansará…”.
No iba a abrir, pero aquel hombre alargó un brazo quebradizo y agitó la aldaba con unos dedos ahusados. Los golpes sacudieron la puerta en el marco. No podía ver su semblante, sólo un sombrero negro. Su figura entera se desdibujaba en la penumbra, como una aparición. De pronto levantó la cabeza y clavó sus ojos en mí… como si adivinara que estaba al otro lado de la puerta, clavada al suelo.
– ¿Quién es… –musité asustada. “Vete, ya se marchará”– Váyase, no son horas.
Eran las once de la noche, aquellas no eran horas de ir pidiendo por las casas.
– No tengo nada que darle –insistí. Mi voz sonaba hueca–, además, éstas no son horas de venir… –mi voz sonó esta vez distante, como si no fuera yo quien hablaba, como si fuera la espectadora anónima de un sueño–. Márchese...
¿Me habría oído? El visitante mantuvo el rostro velado bajo el gastado sombrero viejo torpemente ladeado sobre su cabeza; su ala ancha y negra amontonaba las sombras difusas sobre una piel macilenta y avejentada. Dos ojos luminosos me observaron desde unas cuencas hundidas profundamente y arqueadas por unas cejas prominentes de entrecano pelo hirsuto; me observaron sin parpadear, negros, oscuros como la noche más execrable; una expresión huera de ominosa intensidad aleteaba en aquellas dos ascuas brillantes que taladraban mi intimidad.
Me aparté de la puerta, sobrecogida por un terror visceral. Su imagen, en pie ante el umbral de mi casa, como el bastardo de un silencio pavoroso o el heraldo del mal, aún perduraba en mi memoria.
Transcurrió un minuto o dos en completo silencio. La aldaba estaba quieta, colgaba inerte mientras la lluvia caía sobre mi casa, sobre mis miedos. “Se habrá ido…”. Al poco me sentí menos vulnerable, convencida de que la puerta me proporcionaba seguridad, de que el visitante no podía traspasarla. Me acerqué de nuevo a la mirilla y observé.
El ambiente estaba helado, mi pulso acelerado, el terror, anclado en el pecho, ese cosquilleo inconfundible en la nuca, cuando te sientes observado… Le vi quitarse el sombrero, y descubrir una cabeza calva... y en su frente arrugada había una espantosa oquedad que deformaba el cráneo de forma inenarrable.
¿Cómo podía un ser de este mundo tener un agujero tan espantoso en la cabeza? La piel se hundía desde sus bordes redondeados hacia dentro, como si una pelota de golf le hubiese golpeado incrustándose en su frente, y ésta se hubiese amoldado a la forma de la pelota, que ya no estaba. Sólo había un horroroso agujero.
Grité espantada y me aparté, presa de la histeria. Reía y lloraba, rezando para que se fuera, rezando y suplicando para que aquel ser extraño abandonara mi puerta...
Entonces se oyó el motor de un coche que se aproximaba y se detenía ante mi casa. Atacada por una risa estúpida recordé que mi madre iba a venir tarde, para cenar conmigo y hacerme compañía. Pero ¿cómo iba ella a pasar junto a aquel monstruo sombrío sin que le ocurriera nada? Quise chillar para advertirla.
– Buenas noches, buen hombre... –oí que decía. Era la voz de mi madre. Sus pasos se habían ido acercando hasta detenerse junto a la entrada– Por Dios, ¿cómo está aquí así, a la intemperie?
– No tengo qué comer, señora... Si pudiera usted darme algo...
– Espere, enseguida le traigo algo caliente. Por Dios, pobre hombre...
La llave giró en la cerradura. Nunca olvidaré la sensación de vergüenza cuando al abrirse la puerta y entrar mi madre, descubrí que la figura espantosa que había confundido con la de un ser del otro mundo era la de un pobre mendigo lisiado. Unas lágrimas de agradecimiento rodaban por sus mejillas demacradas al comprender que por aquella noche iba a poder comer algo. Me miró sin resentimiento, los ojos oscuros anegados de tristeza.

© Maite R. Ochotorena

3 de junio de 2008

La Mentira

Lánguida se estremece la lengua cuando miente. Es el anfiteatro del invento, la versión postergada de una vida imaginada, el cuento sin cuentos del retoño enardecido y el ego que oscurece el alma. Lánguida se descuelga en nuestra mente, la mentira se crece, se retuerce…
Lánguida y perezosa, descarnada en su desnuda postura, zalamera y persistente. Se mece en el devaneo y hiere. Más profundo que una daga, más ardiente que el más candente hierro al rojo, marca con dientes de sable la mentira, deja una huella eterna de su lengua viperina.
Lánguida y candente, perenne en el intento, avanza y retrocede. Amante hechicera se divierte en el ingenio, tiende la trampa del veneno de palabras, hiel de tono siniestro, susurro de sombras y rincones secretos.
Lánguida se estremece la lengua cuando miente…


6 de mayo de 2008

La Ventana

El paisaje se abrió ante ella como una extensión amarga de su angustia, trazado de secas montañas y de dudas; un cielo carmesí preñado de pasional recelo, nubes vacuas de tormentoso hechizo, caminos sin destino, un río de agua dulce vestido de esperanza… pero tendidos los puentes sin que nadie los cruzara a aquella hora temprana. Parpadeó indecisa. Algunas lágrimas arrebatadas a su alma escaparon en desilusionada carrera… Fueron a perderse en la distancia de aquel abismo artificial levantado sobre el asfalto ceniciento, en una ciudad cualquiera, una mañana cualquiera. Ella era una mujer anónima, abandonada en sueños, sola en aquel cínico mar de vidas entretejidas en una broma sin sentido, sola en aquella habitación con vistas al cuadro de su vida. Qué gris se le antojaba aquella visión breve enmarcada entre gasas; era una lejana versión de una pesadilla en la que acababa de despertar. Cerró de nuevo los ojos, húmedos de plegarias, y murmuró en voz baja para despertar, al abrirlos, en otra parte. La brisa vertió sobre ella su aliento, sin decir nada; el sol asomó desde los altos edificios que la rodeaban, extendiendo sus largos dedos sobre los tejados dormidos, sin mirarla. Envuelta de algodón miró de nuevo, sólo para descubrir que aquella vista fantasmal se velaba de luces y sombras; la bruma levantada desgajaba racimos blancos y etéreos en la distancia; un rumor leve y ajeno murmuraba en el fondo, bajo esa neblina vaporosa. Era el mundo, aquella ciudad, una vista enmarcada que devolvía una versión distinta al que miraba; una broma dibujada tras la ventana, constante, cambiante, distante… Miró hacia abajo, qué alta estaba sobre aquel asfalto gris…

© Maite R. Ochotorena

28 de abril de 2008

El Ángel Nocturno

Camina y no camina,
se desplaza como en sueños,
es un ángel nocturno,
una sombra difusa,
hermoso heraldo
de promesas y susurros.
Vuela sin tocar el suelo,
apenas roza las hojas del sendero,
apenas esboza su rastro un leve suspiro,
apenas se le oye
mientras cruza el bosque entero.

Camina y no camina,
encendidos los ojos bellos,
pálido el rostro sereno,
largas las manos finas,
largos los cabellos.
Es un ángel hermoso,
una visión difusa
confundida entre las sombras,
un pálpito extraño,
un aleteo fresco…
Cruza el bosque sinuoso
el ángel luminoso.

Camina y no camina,
camina sin rozar el suelo,
vuela mecido por el viento;
pasa dejando tras de sí
un hálito fresco,
un recuerdo imperecedero.
Es el ángel nocturno,
hermoso como un lucero,
señor del ensueño,
hechicero del pensamiento.
Camina y no camina,
se deja llevar…
bosque adentro.

Tarde de Espejos

El tiempo se ha detenido. Le gusta demorarse en el impás eterno de la espera, allí donde mi voz o mi pensamiento no encuentran hueco para el debate, ni mi existencia puede pintar nuevos trazos, ni mis anhelos encontrar sosiego, ni mi espíritu su imagen en este espejo. Se ha quedado inerte, sin aire, sin horas, sin segundos, sin ruido, sin un antes ni un después, reflejado en mis ojos, desafiante desde esa imagen sin líneas, aquietada en la superficie líquida en que me miro: el espejo.
Es tarde, o es temprano, o ya nada importa, o es que me miro y no me encuentro, o es que busco a tientas y no lo veo. ¿Es ese paréntesis que observo un vacío en el que me pierdo? Si extiendo la mano y rozo con los dedos ese suave perfil inverso, de imitada textura fría, de huera visión sin sentido, distante y perfecta, anónima e inhumana como la versión inanimada de mi presencia… Se mueve, pero no habla, no tiene voluntad, es una imitación burda de mi realidad atrapada en ese espacio sin pasado, sin presente ni futuro. Resulta indiferente, llora cuando yo lloro, ríe cuando yo río, mueve los labios cuando yo hablo, pero no habla, sólo es un reflejo que no acompaña, una doble y perfecta broma de un mundo sin destino.
El tiempo se ha detenido. Es tarde… por la tarde. Aquí y allí, en mi espacio y en ese otro invertido, las horas no encuentran su destino, se ahogan de segundos contenidos, de lapsos soportados, de esperas sin dueño. Me miro en ese espejo, o en cualquier otro, sólo veo una anónima presencia sin vida propia, una extraña pantomima enmarcada en un cuadro, como una foto eterna impasible y eterna, dibujada a golpe de espera… Si me marcho, si me aparto… será una escena vacía, un cuadro sin vida, muerto y hueco. No guarda recuerdos, no retiene sentimientos, ni los añora, ni los provoca. Es un curioso escenario en el que de vez en cuando me entretengo como espectadora sin entrada, actriz y directora, coreógrafa y guionista que ha olvidado su reparto. De vez en cuando regreso. En ese espacio nada cambia, sólo yo intervengo. Sin vuelta atrás ni adelante.
El tiempo se detiene en los espejos, devuelve los rasgos imperfectos de nuestras huellas, tal y como las hemos dejado; no tiene las respuestas, tampoco las preguntas; las horas se detienen mientras miro mi otro yo sin voluntad propia, marioneta pasajera que me observa.